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DE LA VIOLENCIA FÍSICA A LA VIOLENCIA SIMBÓLICA. LA ESTRUCTURA
DE LA FICCIÓN Y EL PODER.
Francisco Javier Gómez Tarín*
francisco.j.gomez@uv.es
Hemos avanzado. Desde la lucha por la supervivencia, pasando
por el ojo por ojo y las diversas formas de esclavitud; desde las guerras
santas (alias cruzadas) a las guerras rentables; desde las jornadas laborales
ininterrumpidas y sin descanso, a las 35 horas semanales (en algunos países)…
hemos avanzado. Y esa es la esencia de nuestra cultura: avanzamos irrenunciablemente
hacia un futuro mejor que se encierra en las coordenadas esenciales del
pensamiento judeo-cristiano:
Hay una estructura profunda de nuestra cultura que podemos resumir:
- Dos estadios: Inicial-Final. Dicotomía A - L
- Alguna clase de acontecimiento trascendental que abre el camino de A
- L
- La irresistible creencia mesiánica de que el punto de llegada será mejor
que el de partida. La idea de que un acontecimiento trascendental conlleva
una mejora incomparable en el curso de la historia (Jesucristo, Revolución
francesa, Revolución soviética, Nuevas tecnologías de la era informática...)
La estructura profunda de nuestra cultura actúa como un camino con un
sentido:
Quiere esto decir que la ruptura con el Antiguo Régimen, a la llegada
de la Ilustración, no puso en cuestión en ningún momento el mecanismo
conceptual de creencia en algo mejor, en un destino universal (se da una
sustitución de Dios por la Razón, la idea de progreso). En el siglo XVIII
se abrió un nuevo mundo ya enunciado por el Renacimiento; era el gran
proceso cultural de la Ilustración que a su vez tendría como consecuencia
el protagonismo de la burguesía en el terreno de las revoluciones políticas
y la revolución industrial. La burguesía pasó a detentar el poder político
como fruto de su hegemonía económica. La ciencia jugó un papel importantísimo,
a través de los avances técnicos; dio lugar a nuevos inventos pero también
se convirtió en un discurso cada vez más poderoso: avance científico
= progreso; es un discurso en torno a la verdad, a la demostración,
al empirismo de la ciencia como posibilidad única. La fe en una mejora,
en un destino feliz para la humanidad, en el imperio de la razón, alumbró
todas las manifestaciones sociales y culturales como resultado de un hilo
previo que provenía de Descartes, Locke, Hume e incluso Francis Bacon.
La nueva sociedad precisaba de un proceso acelerado de divulgación, de
una desacralización; se promovió el impulso de la crítica, la libertad,
la tolerancia, el diálogo, la divulgación del saber, se rompió el vínculo
divino y se reivindicó la figura del artista, del genio creador. Uno de
los grandes lemas del siglo de las luces sería la divulgación del saber
y la cultura más allá de las fronteras del viejo régimen, en Universidades,
museos, revistas.
Relatos. Discursos. La idea de progreso y final feliz de la historia se
desmorona en nuestro siglo; el sujeto monolítico ya había comenzado a
ponerse en duda y sufría humillaciones: su insignificancia en el universo,
a partir de la astronomía de Copérnico; su resultado como suma de azares,
al desvelarse el evolucionismo con Darwin; y, finalmente, su propio desconocimiento,
su pluralidad íntima, descubierta por Freud y el psicoanálisis. La racionalidad
instrumental, denunciada por Weber, sojuzga al individuo y da protagonismo
al poder económico; la sociedad es cada día más uniforme, la violencia
ha sido domesticada, la dominación del poder sobre el sujeto es anónima
e introyectada en muchos casos; viejas esperanzas desaparecen, hundidas
en el flujo de la guerra y el caos social. Recientemente aparece el pensamiento
único, la globalización, y la idea de postmodernidad dispuesta a negar
el sujeto desde la perspectiva de otra narración de modelos de vida.
Michel Foucault habla de un afuera del pensamiento, en un uso metafórico
del término (parecido al llamado limbo de Kant). Ese afuera
está hecho de nuestra resistencia al poder, cualquier poder, no solo el
oficial y localizado; la resistencia a pensar que las cosas son como son
por necesidad, como si hubiera un universal; por eso reflexiona a través
de su obra en el terreno de la locura, el sexo y el poder. Esa resistencia
se dará cuando nuestro pensamiento se resista (valga la redundancia)
a pensar que las cosas son porque sí, necesariamente, y que los valores
son inamovibles. Todo lo que hay y sus funciones, relaciones de todo tipo,
han tenido un umbral histórico, incluso valores como la libertad o la
igualdad; y esto lleva a pensar que nada es necesario porque sí y en consecuencia
puede ser cambiado. Si todo ha tenido su origen histórico, puede haber
otro punto histórico en que se cambie.
Relatos. Discursos. Tampoco podemos olvidar que, con la llegada de la
Modernidad se produce el auge del Ejército y los Estados Nacionales, con
su monopolio legal de la violencia. Todo ello conlleva un proceso
civilizador que asienta en las conciencias una normativa, una ética o
moral, una forma de entender la vida y las relaciones sociales basadas
en la autodisciplina y el autocontrol. Este mecanismo lo
resume Giddens en cuatro puntos: Capitalismo, Industrialismo, Vigilancia
social y Ejército.
El gran logro de la Modernidad fue, en cualquier caso, la inauguración
de un nuevo orden social; pero, según Charles Taylor, llevaba consigo
al menos tres graves enfermedades: El individualismo, que colocaba al
hombre como ente unitario en el centro del universo social; la razón instrumental,
que abogaba por la obtención de los fines por cualquier medio; y el pensamiento
exclusivo de los individuos en el propio interés, lo que Taylor denomina
despotismo blando.
Algunos pensadores de la Modernidad han servido como punto de partida
para los teóricos del postmodernismo; así ocurre con Nietzsche o Heidegger.
La duda sobre la razón y la herencia judeo-cristiana del peso ontológico
en el seno de la historia (creación, pecado, redención y salvación), se
constituye en núcleo de esta nueva corriente de pensamiento. Daniel Bell
habló de postindustrialismo y anunció que se estaba formando un tipo nuevo
de sociedad en la que la primacía correspondía a la élite financiera y
de servicios. Era la sociedad de la información. En esta nueva
sociedad los sistemas de producción han cambiado; el capital y el trabajo
se desarrollan mediante conocimientos teóricos específicos que se apoyan
en nuevas tecnologías; hay una sensación de distribución más equitativa
de los beneficios, pese al desempleo y las desigualdades geográficas;
la educación está dirigida hacia la mayor eficacia del sistema social,
hacia el logro de la especialización de los individuos. Junto a todo lo
anterior, nos hallamos en un momento de comunicación generalizada
en el que la extensión de las relaciones en el tiempo y en el espacio
se convierten en ilimitadas; la tecnología ha permitido establecer medios
de control electrónicos y que el conocimiento legitimado por los ordenadores
sea tenido como real.
Para Habermas la sociabilidad y la solidaridad humanas han de buscarse
en la racionalidad comunicativa. Las antiguas fuentes de legitimidad (religión,
realeza y tradición) son contestadas, hay una crisis de legitimación.
En la Época Moderna la fe en la providencia fue sustituida por la fe en
el progreso, y la revelación fue sustituida por la razón. Ahora hemos
llegado a una cultura del consumo en la que todo está mercantilizado,
se producen necesidades y deseos; el bagaje cultural y estético de la
llamada postmodernidad se opone al anterior económico y funcional, todo
tipo de producto está sometido al mercado. La desindustrialización de
las ciudades las convierte en centros de consumo.
Según Baudrillard la postmodernidad se separa de la modernidad cuando
la producción de la demanda - de consumidores - deviene esencial. Se habla
de Los Angeles como la primera ciudad postmoderna; el consumismo no conoce
límites, siendo capaz de convertir cualquier cosa en un artículo de consumo,
incluso el significado, la verdad y el conocimiento; todo es fragmentario,
heterogéneo, disperso y plural, sujeto siempre a las opciones de los consumidores.
Esta fragmentación pone a prueba las concepciones de la verdad.
Para Zygmunt Bauman, en la sociedad actual las pautas de conducta de los
consumidores se están convirtiendo al mismo tiempo en el centro cognitivo
y moral de la vida, el vínculo integrador de la sociedad y el centro de
gestión del sistema. Es el consumo el que mueve los engranajes; la
coerción ya no es necesaria, el instrumento de control e integración
social ha pasado a ser la seducción.
La sociedad de los mass-media es una sociedad transparente.
Para Vattimo la intensificación de las posibilidades de información sobre
la realidad en sus más diversos aspectos vuelve cada vez menos concebible
la idea de una realidad. Así, la realidad pasa a ser plural, objetable;
es el resultado del cruce - o contaminación - de las múltiples imágenes,
interpretaciones y reconstrucciones que compiten entre sí, sin coordinación
central, y que distribuyen los media.
Nietzsche mostró que la imagen de una realidad ordenada racionalmente
sobre la base de un fundamento es solamente un mito tranquilizador propio
de una humanidad todavía bárbara y primitiva: La metafísica es un modo
violento aún de reaccionar ante una situación de peligro y violencia;
busca adueñarse de la realidad. Heidegger señala que pensar el ser como
fundamento, y la realidad como sistema racional de causas y efectos, es
sólo una manera de extender a todo el ser el modelo de la objetividad
científica, de la mentalidad que para poder dominar y organizar rigurosamente
todas las cosas tiene que reducirlas al nivel de meras presencias mensurables,
manipulables y sustituibles, viniendo finalmente a reducir también al
propio hombre, su interioridad y su historicidad, a este mismo nivel.
Para Vattimo, la pérdida de sentido de la realidad quizás no sea, a fin
de cuentas, una gran pérdida. Fish lo formula indicando que se trata de
regresar a una idea de la Verdad no monolítica, ya presente en los sofistas
griegos, que sea el resultado de un consenso, un acuerdo entre iguales
que permita fijar los mecanismos de interacción social. Incide en estos
aspectos la nueva concepción de la Retórica teorizada por Perelman, que
insiste en la idea de la duda, en el cuestionamiento permanente
de la realidad.
Foucault pretende denunciar la naturaleza disciplinaria de la sociedad
actual, tomando como fórmula general la prisión. De alguna forma, la propia
estructura social genera sus métodos de vigilancia y castigo en las distintas
facetas de la vida humana, construyendo enclaustramientos capaces de dirigir
y perfilar el devenir vital del individuo, limitando sus posibilidades
de elección y diseñando un estatuto ético ante el cual toda desviación
sea punible; de esta forma el pensamiento individual es perfilado en el
seno de la familia, la escuela, el ejército y el mundo del trabajo, y
las desviaciones son castigadas con el reformatorio, el manicomio o la
prisión (panóptico).
El individuo está pues condicionado por el poder, atrapado en una telaraña
de la que no puede escapar. Foucault hace un recorrido por la Antigüedad
al objeto de situar las falsas premisas de nuestra civilización y racionalidad,
desvelando cómo el "conócete a ti mismo" desplazó en su transmisión
a través del pensamiento cristiano al "cuida de ti mismo" original,
donde era una consecuencia lógica de éste. Mediante un mecanismo similar,
la confesión y la penitencia consiguen interiorizar en el individuo la
creencia a ciegas en una verdad absoluta, el sentido del deber y la disciplina;
para el pensamiento cristiano no basta creer sino que es necesario demostrar
que se cree y aceptar institucionalmente la autoridad.
El lazo que une la racionalización y el abuso de poder es evidente. Durante
siglos la religión no ha soportado que se relatara su historia, al igual
que hoy en día no lo soportan las escuelas de racionalidad. La existencia
del poder se basa sencillamente en el rechazo hacia él; no puede haber
poder allá donde no es rechazado, el poder necesita ejercer su autoridad,
necesita sojuzgar y someter al individuo, y esto es una forma de racionalidad
más que violencia instrumental.
Para Foucault no es suficiente denunciar la razón en general, lo que hay
que poner en tela de juicio es la forma de racionalidad que practicamos;
la única liberación posible estaría en atacar las raíces mismas de la
racionalidad política: Lo que es aceptado como evidencia ha sido construido
en un cierto momento de la historia y puede ser criticado y destruido
de igual forma. La voluntad de poder está detrás de cualquier forma de
verdad.
Por su parte, Baudrillard opone a la idea de poder de Foucault la de seducción,
la de deseo. La seducción es más fuerte que el poder, por ser reversible
y finita; detrás del poder hay vacío e impresión de realidad. Vivimos
en un mundo de simulacros donde la lucha contra el poder sólo puede tener
como objetivo desvelarlo como simulacro mediante el desafío a que sea
ejercido total e irreversiblemente, sin escrúpulos y con una violencia
sin límites (lo que implica la muerte de los dominados); sólo entonces
comenzaría su desintegración.
Para Baudrillard el poder no existe, ni la realidad tampoco. Las imágenes,
los simulacros, en los medios de comunicación (esencialmente la televisión),
se han convertido en realidad, ha desaparecido cualquier distinción entre
la realidad y el simulacro mostrado por los medios; así, la televisión
es el mundo. De esta forma, habla de hiperrealidad = hipersimulacro.
Relatos. Discursos. Una nueva perspectiva ante la historia (historia
vs Historia), en que coincidimos plenamente con Paul Ricoeur, en cuanto
el hombre construye sus identificaciones, se reconoce a sí mismo, a partir
de relatos, de representaciones simbólicas, generadas por las estructuras
del poder. El proceso actual de homogeneización, que pretende hacer del
género humano un ejército de clones, que canta alabanzas hacia el fin
de la historia y las ideologías, suprime radicalmente la característica
esencial del ser humano: la reivindicación de la duda, que es tanto
como decir el libre ejercicio de su pensamiento. Puesto que nuestras convicciones
son un constructo, no podemos dar validez irredenta a ninguna de nuestras
premisas (creencias), por fuertes que sean. Durante siglos se ha ejercido
desde el poder (no necesariamente del Estado, aunque también) una violencia
sin límites, infinita, sobre el ser humano (aunque se le haya llamado
ciudadano y etiquetado con la hermosa, pero efímera, marca de la libertad);
los procesos de desacralización y expansión del conocimiento han sido
herramientas del sistema para hacer rentable a sí mismo cada proceso histórico
(ahí tenemos el claro ejemplo de la sociedad de bienestar occidental,
ahora en franca decadencia a partir de la caída de la Unión Soviética
y el socialismo: a falta de modelo contrapuesto, ya no es necesario ese
bienestar, que solo se puede conservar mediante duras luchas reivindicativas
cada día y sin descuidar la guardia).
El discurso del sistema, hoy en día, intenta imponer sus concepciones
a través de la comunicación masiva difundiendo modelos para la creación
de un imaginario colectivo basado en la individualidad, el machismo, la
privacidad, el nacionalismo, la competitividad, un determinado estilo
de vida que hace uso de la violencia como medio, el racismo, etc. En términos
de Chomsky / Herman: el propósito social de los medios de comunicación
es el de inculcar y defender el orden del día económico, social y político
de los grupos privilegiados. La puesta en marcha de una industria
del entretenimiento y el proceso de espectacularización es una consecuencia
lógica del mecanismo de regeneración del sistema.
Althusser hablaba acertadamente del aparato ideológico de Estado
y ya desvelaba que su actuación permeabilizaba las capas sociales. Con
el instrumental mediático a su servicio, la reproducción de las concepciones
y modos de vida se convierten en un hecho a escala planetaria y a un ritmo
acelerado: es la violencia simbólica. Puede aceptarse que esa violencia
simbólica no provoca muertes, pero difícilmente se podrá negar que sí
esclaviza cerebros (procesos difícilmente desligables del concepto de
muerte). Para Antonio Méndez la asimetría es la caracterización de las
nuevas estructuras sociales; una asimetría creciente que aleja cada vez
más a grandes capas de la población de los beneficios tecnológicos aclamados
por las clases dominantes y frente a la labor de supervisión
del Estado - como indica la morfología -, uno y desde arriba, la acción
de los movimientos sociales podrá considerarse subversiva mientras
proceda desde la pluralidad y la interacción desde abajo. Pluralidad
e interacción se nos antojan términos necesarios (aunque utópicos) en
la sociedad actual y, sobre todo, en la que presumiblemente se nos viene
encima con el nuevo milenio.
El concepto gramsciano de hegemonía ha sufrido muy sutiles cambios en
la sociedad contemporánea. El borrado no es tanto el del poder
hegemónico, el de la imposición, sino que se ejerce mucho más sutilmente:
Se trata de que sea el lector (interpretante del discurso masmediático:
quizás el único discurso actual) quien solicite ese concepto, esa forma
de vida, ese imaginario colectivo (ya individualizado). Es decir, pasamos
de la visión de Orwell a la visión de Huxley, en la que el ciudadano desearía
su estado.
Reflexionando sobre Freud, escribe Terry Eagleton: Una vez que el poder
se ha inscrito en la forma misma de nuestra subjetividad, cualquier insurrección
contra él parecería suponer una autotransgresión. Si bien Eagleton
ve en estas indicaciones una inspiración idealista que conecta con la
posición de Gramsci sobre la cultura y visión del mundo y las relaciones
de poder, nosotros proponemos un giro de 180º a la expresión de Freud
en torno a la sublimación: Si la cultura dominante (como imaginario colectivo)
se inscribe en nuestra subjetividad (es sublimada) no se producirá ninguna
transgresión, porque la norma, lo establecido, lo políticamente correcto,
estará en relación directa con esa visión de mundo.
El enmascaramiento, como dinámica del sistema para invisibilizar
los procesos de dominación, ha repercutido en todos los discursos, desde
el histórico al científico, desde el ideológico al epistemológico o al
puramente convencional. Puede considerarse un microsistema de impregnación
que llega a los textos (relatos) a través del oscurantismo y esto se padece
especialmente en las áreas de la cultura de élite (no popular ni masiva),
de la educación, de la investigación…
La riqueza del momento que vivimos estriba precisamente en la capacidad
para tener una visión múltiple del mundo que nos rodea. Desde nuestra
perspectiva, la tesis del pensamiento único como nueva ideología del sistema
neoliberal, no es más que un mito, una necesidad ontológica del sistema
para regenerarse. Ahora bien, las prácticas de producción sígnica, la
industria de la cultura - arropada en la tecnología -, como consecuencia
inmediata de un sistema dominante que controla los medios a través de
los costes de producción, son reproductoras de ideología y transmisoras
de cultura. En consecuencia, las alternativas a ese sistema navegan en
la utopía. La duda, una vez más, estriba en la concepción del concepto
dialógico: diálogo entre qué y quién, y en virtud de qué. Quizás la honrada
perspectiva democrática, no violenta, esencialmente vivencial, sea un
modo de tránsito lento hacia la consecución de parcelas del poder hegemónico
o de cambios estructurales en el mismo; pero ese poder, mucho nos tememos,
sólo puede llegar a un cambio real y efectivo a través de un proceso violento:
Una contradicción insalvable (para los que creemos (?) todavía en la fuerza
del diálogo y el conflicto ideológico) o una tesis totalmente diferente:
El caos como alternativa.
Lo cierto es que, si en el ejercicio de nuestras reflexiones amparadas
en la duda permanente, concluimos que se ejerce desde el poder una violencia
ilimitada sobre el ciudadano (concedamos al sistema el beneficio de la
etiqueta), es lógico deducir que el propio mecanismo sistémico, en su
jerarquización, legitima el ejercicio de la violencia frente a él, tanto
más cuanto hay una evidente descompensación de los medios, sean físicos,
materiales o virtuales / simbólicos. La interiorización del rechazo a
la violencia en los individuos se ha constituido históricamente en un
medio de la hegemonía ideológica del sistema dominante, que no duda en
ejercerla en aras de un bien común que satisface plenamente sus ansias
de enriquecimiento.
El poder se ha constituido a sí mismo a través de un relato vehiculizado
en el discurso hegemónico que ha ejercido permanentemente en el seno de
la sociedad. Ese relato no es sino una ficción más (story vs history)
que se mantiene gracias precisamente a su fuerte impresión de realidad
(verdad). En él confluyen el poder económico-social, el político y el
cultural, actuando en círculos concéntricos cuya conexión es precisamente
la establecida a través de los mecanismos de representación, los relatos,
y, hoy en día, con la aparición de las nuevas tecnologías y los sistemas
masmediáticos, las formas de representación simbólica, esencialmente la
televisión. Hay ahí todo un paradigma de la violencia, ejercida sin escrúpulos,
abierta e ilimitadamente.
En el polo opuesto, una violencia desorganizada, que arrastra el caos
como alternativa y que brota inesperadamente en los momentos de crisis
generalizada, ante la carencia de perspectivas y la anulación de las esperanzas
(Argentina, Argelia, Venezuela…y tantos otros ejemplos), o bien organizada
en la creencia ideológica, fe ciega en sistemas alternativos las más de
las veces viciados por la estructura del hegemónico (terrorismo, guerrillas,
fundamentalismos). Violencia frente a violencia, legitimada por la institucional
y que interioriza su propia ilegitimidad porque se ha construido a partir
de las estructuras discursivas del poder.
Puestas así las cosas, el caos no parece una perspectiva tan desdeñable,
y este se daría necesariamente a partir de procesos violentos. El propio
sistema, al instaurar su patrimonio del ejercicio de la violencia como
legítimo - sea ésta de carácter físico o simbólico -, ha sembrado la semilla
de su destrucción, que nosotros no veremos, por supuesto; ha dado carta
de legitimidad a cualquier violencia que se oponga a él. La medida deja
de ser parangonable porque los parámetros quedan en los términos de la
infinitud: violencia ilimitada e indiscriminada.
¿Qué hacer?
El panorama esbozado en torno a la situación actual se presenta como desesperado
y sin vías alternativas. Oponer violencia a violencia, en una escala de
fuerzas claramente deficitaria para la ciudadanía, reforzaría el poder,
que abiertamente se ejercería desde el principio de autoridad, transformando
lo poco que resta de las democracias actuales en nuevas dictaduras. Ahora
bien, puesto que partimos de una posición teórica en la que hemos aseverado
1. que la duda es un principio esencial para poder juzgar nuestro entorno
e incluso nuestros modelos de mundo, a partir del imaginario social que,
evidentemente, nos ha sido impuesto;
2. que la violencia que se ejerce hoy desde el sistema (no como ente abstracto,
sino en su calidad de poder - principalmente económico, que, en última
instancia, superpone sus decisiones al político -) es ilimitada y se disimula
borrando su enunciación en el seno de los discursos simbólicos (esencialmente
mediáticos);
3. que la conclusión anterior, incluso en su desproporción, concede carta
de legitimidad a cualquier violencia que se enfrente a ese poder omnímodo;
4. que el caos - no existente, sino sobrevenido - podría entenderse como
una alternativa aceptable para el planeta, al margen del ser humano como
ente biológico, y alcanzable mediante la destrucción de los valores simbólicos
actuales: Estado, mercado, economía, poder, medios… incluso sociedad,
no podemos disfrazar en falsos escrúpulos la necesidad (única esperanza)
de (re)construir para el ser humano un entorno que apunte hacia el imperio
de la equidad, solo posible sin el ejercicio de poder alguno sobre él.
Ciertamente una utopía, pero, establecida como meta, nos permite:
- Desalojar de nuestros prejuicios la creencia en la maldad intrínseca
de la violencia, afirmando que es necesaria para romper el círculo de
poder - sumisión en que nos encontramos. Esto implica la supresión de
cualquier principio ético que permita al poder asentarse en su ejercicio
a través de un discurso moral.
- Identificar un triple círculo opresor (económico-social, político y
cultural) que se ejercita hoy en día de forma esencialmente simbólica,
- y física en determinadas circunstancias de conflictividad - a través
de los aparatos ideológicos, esencialmente mediáticos, capaces de generar
un imaginario colectivo que subsume la ideología dominante en el conjunto
de la población (que, a su vez, la hace suya).
- Explicitar que todo mecanismo discursivo se construye mediante un relato
de ficción que obedece a tramas en las que el poder se borra a sí mismo
de la enunciación para aparecer naturalizado.
- Postular discursos que se enfrenten al sistémico (no como marginales
o alternativos, sino abiertamente en contra de) desde parámetros cuyas
premisas esenciales sean: 1) desvelar los mecanismos discursivos del poder;
2) cuestionar todo tipo de representaciones, nociones de mundo e imaginarios
sociales, enfrentando a ellos la duda y la ambigüedad; 3) actuar esencialmente
en el terreno de la cultura, mediante producciones simbólicas en la línea
de una resistencia activa que abra marcos teóricos.
- Destruir los modelos discursivos hegemónicos y sus maquinarias de producción
mediante el uso de la violencia simbólica (artefactos culturales) y/o
real.
Todo esto significa que cualquier medio utilizado para la creación de
un contrapoder o el desmantelamiento del establecido puede ser eficaz,
la única limitación se dará en la barrera moral que impida a cada individuo
alcanzar determinados grados de implicación. Así, podemos tipificar la
escala de resistencias:
- Según el grado de organización:
· Colectiva:
A través de asociaciones de todo tipo, esencialmente motivadas por la
discriminación: ONG's, colectivos de mujeres, homosexuales, culturales,
artísticos, intelectuales, locales, etc.
·
Individual
- Según la dimensión de las acciones:
· Internacional
· Nacional
· Local
- Según el entorno de las acciones:
· Económica-Social
· Política
· Cultural
- Según el grado de enfrentamiento:
· Legal
· Clandestina
Todo mecanismo es válido, incluso la penetración en las instituciones
que sustentan los aparatos ideológicos para combatirlos desde su interior
(pese al riesgo de desubicación y, frecuentemente, de absorción). En el
lado extremo del abanico, la violencia real, que, al menos, debería distinguirse
de la ejercida por el poder en no ser indiscriminada. Acciones parciales
que no pretenden la instauración de un nuevo poder sino un "vaciado" de
la instancia hegemónica; el poder, como hemos indicado, sólo existe si
puede ejercerse: se trata de retirar el suelo de sus pies, eliminar los
puntos de apoyo, negarle los contenidos de su actividad. Al tiempo, reivindicar
la entidad del individuo y anular la noción del "otro" como antónimo.
Cada paso en esa dirección, por ínfimo que sea, quiebra la estructura
de la ficción que ha dado llamarse poder en nuestras sociedades; impidiendo
que se otorgue a sí mismo la potestad de legislar y condicionar nuestras
vidas, sus cimientos se corroen.
El siguiente gráfico presenta la estructura de un filme de reciente realización,
en formato Betacam, en régimen cooperativo, no destinado a la distribución
comercial y, por tanto, sin limitaciones ni condicionamientos ideológicos
ni estéticos, salvo los derivados de la escasez de presupuesto (aproximadamente
600.000 ptas.)

Como puede observarse, se encuentran en este gráfico los elementos que
hemos ido manejando a lo largo del presente trabajo, y podemos ubicarlos
a partir de un breve resumen del argumento del film:
La acción transcurre en Canarias, en la actualidad. Una pareja de profesionales
progresistas (él de mediana edad y ella bastante más joven) se enfrentan
a sendas amenazas del presente: él, abogado laboralista, acaba de perder
un juicio por despido de un amigo suyo, donde ha habido connivencia entre
la empresa y el juez; ella ha recibido un vídeo en que se puede ver su
violación por tres individuos y el asesinato, a manos de las fuerzas de
seguridad, de su ex-amante - un militante de extrema izquierda - en los
años 70. El pasado entra en sus vidas, que eran "normales y tranquilas":
No se ha pronunciado ninguna amenaza y la única forma de enfrentarse a
la que hipotéticamente pudiera haber es demostrar que el vídeo es real.
Sin embargo, su estructura apunta a la ficción, a un constructo. La inutilidad
de la vida que ella lleva en el presente, de su falso compromiso, pese
a haber asumido el capítulo de su pasada violación, le lleva al suicidio.
Por su parte, el amigo de él, asume una postura más radical: eliminar
a los dos individuos que propiciaron su despido, aunque pague con la prisión.
A este brevísimo apunte argumental hay que añadir el planteamiento formal:
uso radical del fuera de campo (de los cinco personajes que intervienen,
solamente veremos a dos), estructura circular (el episodio del amigo despedido
solamente aparecerá en el inicio y al final), ruptura generalizada del
raccord, suspensiones narrativas, anulación de los planos de situación,
miradas a cámara, etc…
Si nos remitimos al gráfico, vemos que hay un inicio, un paratexto, ajeno
a la acción relatada, en que presenciamos un ensayo en un teatro y la
entonación musical que canta "Aquí se acaba la historia…" Este marco,
el proscenio teatral, no aparecerá de nuevo al final del filme: el marco
no se cierra. Al mismo tiempo, el discurso va a ir descomponiendo los
mecanismos de codificación habituales, creando su propio sistema, y esto
ocurrirá paulatinamente a lo largo del desarrollo narrativo (que va encerrando
la acción en un rectángulo cuyo tercio inferior permanecerá siempre en
fuera de campo, como amenaza implícita: no en vano los personajes evolucionan
de derecha a izquierda, salvo el doble asesinato final, y no hay movimientos
de cámara, a excepción de dos panorámicas que enmarcan la ida y la vuelta
del descenso a los infiernos).
La acción se desarrolla en los círculos concéntricos: Presión del poder
económico-social (el resultado del juicio), del político (connivencia
con el económico y amenaza explícita mediante el uso del vídeo: nada ha
cambiado), del cultural (presencia de los elementos mediáticos: TV y Vídeo,
que adquieren dimensión propia). Estos círculos interactúan solamente
como relatos del poder, en que el vídeo hace de nexo. Es precisamente
el vídeo el que conecta el pasado con el presente, las luchas de ayer
con la innacción de hoy; pero establece algo más importante: no basta
que ella diga que vivió esa situación, la estructura formal del vídeo
es entendida como una ficción y, en tal caso, su presencia sólo puede
ser la de una actuación: era cine. Un doble final de muerte conlleva una
doble posición ante el momento histórico que vivimos.
Este ejemplo, en cuyas calidades artísticas no entramos por razones obvias,
se sitúa abiertamente en la resistencia que preconizábamos:
- Como artefacto simbólico, muestra y desmantela los códigos de la producción
de ficción hegemónica (MRI), estableciendo otros alternativos, propios.
- Evidencia los parámetros de ejercicio del poder y propone dos instancias
resolutivas que hacen uso de la violencia: hacia sí mismo o hacia el aparato
(representado, lógicamente, por individuos).
- Denuncia la ficcionalización (espectacularización) de lo real y la naturalización
de lo ficticio en nuestras sociedades mediáticas.
- Interpela al espectador sobre su posición ante el mundo en que vive.
La acción a través de productos simbólicos puede desarrollarse esencialmente
en el terreno de la cultura y es ahí donde habría que construir artefactos
y mecanismos de difusión que permitieran una nueva forma de ver (una nueva
mirada) y contribuyeran a desvelar los engaños de la hegemónica.
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- POSTMAN, NEIL (1991): Divertirse hasta morir. El discurso público en
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- SCHUMPETER, J. (1969): Capitalisme, Socialisme et Démocratie. Petite
Bibliothèque Payot. Paris.
- SERNA, JUSTO: ¿Olvidar a Foucault?. "Surveiller et punir" y la historiografía,
veinte años después. Universidad de Valencia.
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- TROTSKI, L. (1972): La revolución permanente. Ruedo Ibérico. París.
- VATTIMO, G. (1990): La sociedad transparente. Barcelona. Paidós.
- VIDAL VILLA, J.M. (1996): Mundialización. Icaria. Barcelona.
*Francisco
Javier Gómez Tarín es Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universitat
de València. Becado actualmente por la Generalitat Valenciana para la
realización de su tesis doctoral Lo ausente como discurso: Elipsis y fuera
de campo en el texto cinematográfico. Dpto. de Teoría de los Lenguajes.
Universitat de València.
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