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MIEDO Y COMPASIÓN:
DOS ESTRATEGIAS DE MOVILIZACIÓN AFECTIVA EN EL DISCURSO INFORMATIVO
SOBRE EL INMIGRANTE
Marta Rizo García*
marta.rizo@uab.es
"Los sentimientos
siempre entran en juego. Son la música de fondo de nuestro pensamiento,
de nuestro sentir, de nuestra memoria"
BENESCH, H. y SCHMANDT, W.
Las emociones,
a menudo utilizadas como sinónimo de sentimientos y afectos, son un
objeto de estudio con una larga tradición en la filosofía y la psicología.
Pero en el campo de las ciencias de la comunicación, las emociones son
un aspecto poco investigado, quizás debido a la complejidad metodológica
que, como se verá, supone su estudio (1). No obstante, en los último
años han proliferado obras que tratan de reflexionar acerca de la comunicación
de las emociones y, más concretamente, acerca de los medios de comunicación
como transmisores de emociones y sentimientos.
El presente artículo es una reflexión acerca de dos de las estrategias
de movilización afectiva que se utilizan en los informativos televisivos
para hablar de la inmigración, un tema de suma importancia en la actualidad.
Se trata del miedo y la compasión, dos emociones que, a pesar de su
aparente contraposición o difícil interrelación, son en muchas ocasiones
la base sobre la cual la televisión construye su discurso sobre la inmigración.
Partimos, pues, de que la televisión es una "industria de emociones
inducidas" (Del Rey Morato, 1998: 53) y de que la audiencia participa
de una actividad emocional, no sólo cognitiva y racional. Porque, "no
menos cierta que la expresión el hombre es el ser racional es
esta otra: el hombre es el ser emotivo, o bien, el hombre
es el ser sentimental, deseante, pasional, impresionable, persuadible
y seducible" (en cursiva en el original) (Del Rey Morato, 1998:
153).
Antes de proceder a la reflexión, me parece imprescindible explicitar
mi posicionamiento teórico respecto al tema de las emociones. Uno de
los debates que mayor producción científica ha suscitado ha sido el
de si las emociones son innatas o adquiridas. En este sentido, mi posicionamiento
es claro: las emociones son una construcción social. Son, por lo tanto,
las premisas del construccionismo social, las que me servirán como base
teórica a lo largo de toda la reflexión. Para el construccionismo, las
emociones vienen determinadas por el sistema de creencias, se aprenden
cuando el individuo interioriza los valores de su cultura y son, por
lo tanto, patrones de conducta social y culturalmente determinados.
Claire Armon-Jones define las emociones como "actitudes y creencias,
juicios y deseos, cuyos contenidos no son innatos, sino determinados
por el sistema cultural, los valores y la moral de determinadas comunidades"
(Armon-Jones, 1986: 33). Junto con esta idea, me parece importante remarcar
la importancia del lenguaje, como base para establecer, expresar y provocar
emociones. Es, pues, esta capacidad provocativa del lenguaje -no debemos
olvidar el enorme poder simbólico que posee el lenguaje- la que me lleva
a hablar de movilizaciones afectivas, en este caso inducidas por el
discurso informativo de la televisión. En contra de lo que tradicionalmente
se postulaba, hoy se acepta cada vez más que los medios de comunicación
no sólo tienen efectos cognitivos y conductuales, sino que cada vez
más cumplen un papel de educadores emotivos o sentimentales de la sociedad
receptora. Esta afirmación es especialmente válida para el medio televisivo,
ya que es la televisión el medio que mejor muestra al receptor los grandes
modelos de comportamiento emotivo establecidos en la sociedad. Me sirvo
de una frase tópica que, a mi entender, contiene una gran dosis de verdad
cuando se habla de emociones: "una imagen vale más que mil palabras".
El tema que trato en este artículo tiene que ver con un algo muy importante
en el actual mundo global, en el que las sociedades son cada vez más
diversas -en gran parte, como consecuencia del incremento de los movimientos
migratorios- y en el que el reto no es otro que el de conseguir un diálogo
eficaz y real entre las distintas culturas. Me refiero a la aceptación
de otras culturas y, por lo tanto, de sensibilidades distintas
a las nuestras. Esta actitud de aceptación de lo otro
se incluye en la perspectiva construccionista, que permite superar presuposiciones
etnocéntricas y pone de manifiesto la relatividad cultural de las emociones.
La inmigración es un tema idóneo para llevar a cabo esta reflexión,
ya que suele ser presentada en los medios como fuente inagotable de
conflictos interculturales. Veremos qué papel juegan las emociones,
especialmente el miedo -o temor- y la compasión, en el discurso sobre
la inmigración. Y veremos, también, cómo estas estrategias de movilización
afectiva son producto del entorno cultural que nos rodea, y no son,
únicamente, una construcción mediática. En definitiva, ¿cómo se sirve
la televisión de la compasión y el miedo para tratar el tema de la inmigración?
Casos recientes, como los sucedidos en El Ejido (Almería), prueban la
importancia que ha de tener hoy la reflexión en torno a la interculturalidad,
y en nuestro caso, en torno a la comunicación intercultural mediada
(2) .Un análisis del discurso emotivo en la información televisiva es,
de alguna manera, un análisis del lenguaje, y más concretamente, un
fijarse en "cómo las formas del lenguaje reflejan o construyen lo que
comunmente llamamos emoción" (Banberg, 1997: 209). En el caso de la
televisión, palabra e imagen refuerzan el poder simbólico que, ya de
por sí, posee el lenguaje.
1.La información, ¿movilizadora de emociones?
La elección del género de los informativos responde a la importancia
que tienen hoy en día las noticias en la construcción del conocimiento
que la gente tiene acerca del mundo que le rodea. Como nos recuerda
Van Dijk (1997: 29-30), "la mayor parte de nuestro conocimiento social
y político, así como nuestras creencias sobre el mundo, emanan de las
decenas de informaciones que leemos o escuchamos diariamente". Y responde
también a la necesidad de trasladar la investigación de las emociones
desde el tradicional ámbito de la ficción hacia los informativos, un
género más olvidado en las investigaciones sobre las emociones en la
comunicación.
Hay que partir de que "la televisión hoy, es en gran parte, una pantalla
de y para las culturas del mundo. Grupos nacionales, étnicos, religiosos,
sociales, sexuales y de la más variada diversidad se enfrentan a, y
son parte de, las programaciones televisivas habituales" (Grillo, 1995:
66). Así, la televisión construye una audiencia nacional, el nosotros,
que ve a los otros que aparecen en televisión como extraños, distintos
a ellos. Esta percepción se incrementa cuando los otros comparten
un mismo espacio, como se da en el caso de los inmigrantes.
La relación entre los televidentes y el medio es fruto de un pacto comunicativo,
de un acuerdo, construido diariamente y sin el cual la dotación de sentido
a los mensajes por parte del receptor no tendría lugar. La televisión
consigue que nosotros, los receptores, nos veamos seducidos por su discurso
y nos proyectemos en los acontecimientos narrados. Evidentemente, un
proceso de esta magnitud no se puede conseguir sólo mediante los contenidos
cognitivos y conductuales que nos ofrecen los medios. Es, por lo tanto,
interesante, ver en qué medida los medios, especialmente la televisión,
nos inducen a tener determinadas experiencias emotivas, si se quiere,
reacciones emotivas. Experiencias que, aún teniendo un componente fisiológico,
son construidas socialmente, es decir, son dotadas de significado por
la sociedad.
No debemos establecer una dicotomía total entre cognición y emoción.
De hecho, las emociones son también fuente de conocimiento, es decir,
también conocemos mediante experiencias emotivas. Lo que cambia es el
modo cómo se conoce. Así, como afirma Dantzer, debemos entender las
emociones como poseedoras de un "rol organizativo en la evaluación del
mundo que nos rodea" (Dantzer, 1989: 32). Es precisamente este rol organizativo
de las emociones el que explica que una gran cantidad de experiencias
emotivas se construyan en base a dicotomías, simplificaciones que, no
obstante, nos ayudan en nuestra tarea -eterna- de intentar poner orden
al caos que nos rodea.
Existe la tendencia tradicional a atribuir la función de "hacer saber"
al género informativo, pero cada vez más se tiende a pensar en este
género como una hibridación, como un género "impuro" -¿fue puro alguna
vez?-, que añade a este "hacer saber", a este informar, el entretener,
y lo que es más significativo, el "hacer sentir". Desde las ciencias
de la comunicación se reflexiona cada vez más en torno a esta progresiva
hibridación de la información, sobre todo de la información televisiva,
que al combinar palabra e imagen, no sólo informa, sino que también
hace sentir. Esta potencialidad -muy bien aprovechada- de movilizar
afectivamente al espectador se relaciona con la necesidad del medio
de "narrar la realidad" de un modo creíble y verosímil. Y qué mejor
forma de explicar un suceso que haciendo que el espectador no sólo lo
conozca sino que también lo sienta -incluso físicamente hablando (3)
- . Se ha hablado muy a menudo de que los medios dramatizan la realidad,
en el sentido de que la narran utilizando formas "propias" de la ficción.
En este sentido, lo importante para la información televisiva no es
reconstruir los hechos "tal y como sucedieron", sino saber a quién le
pasó qué y, mejor aún, cómo lo está viviendo.
La moral común, el consenso social -aparente-, o dicho de otro modo,
"lo políticamente correcto", encuentra en el informativo televisivo
un escenario privilegiado para perpetuarse. Y la interiorización de
esta moral común es también producto de la socialización emocional de
los individuos, llevada a cabo hoy, en gran medida, por los medios de
comunicación. Así, "el noticiero exhibe la emocionalidad que despierta
las tensiones hacia una moral común (lo bueno, lo justo, lo correcto)
cuyo sentido transita, al igual que el medio televisivo, por el terreno
movedizo en el que se interpenetran lo público y lo privado" (Grillo,
1995: 74).
2. La construcción
mediática del inmigrante y su componente emotivo
Cualquier discurso implica una perspectiva sobre la realidad que,
evidentemente, excluye otras. Por lo tanto, toda narración mediática
implica de algún modo una versión parcial de la realidad. Este es un
tema que ha suscitado un gran debate entre los que opinan que la televisión
-y, en general, todos los medios de comunicación- refleja la realidad
y los que, por el contrario, prefieren hablar de la televisión como
constructora de la realidad social. En este sentido, Catalina González
afirma que "los medios interpretan la realidad, y sobre esta interpretación
'construyen' o 'presentan' una nueva forma de ella: una realidad discursiva,
mediada" (González, 1997: 80).
La inmigración es hoy un fenómeno social de gran importancia. Hablar
de inmigración es, yendo más allá, hablar de diversidad cultural, de
multiculturalidad y de interculturalidad. Hay que constatar, en primer
lugar, la confusión o falta de consenso que se da en la utilización
de estos términos. La diversidad cultural es inherente a cualquier sociedad;
es, por lo tanto, errónea, la concepción de la diversidad como resultado
únicamente de la coexistencia de individuos de culturas distintas dentro
de un mismo territorio. Por multiculturalidad entiendo la situación
de coexistencia de miembros de culturas distintas en una misma sociedad,
lo cual indica su carácter puramente estático, descriptivo de una situación
inmóvil. La interculturalidad, por el contrario, implica una interacción
entre dichos individuos, un contacto permanente, y como tal, una situación
dinámica, que vería su logro máximo en la consecución de una situación
de convivencia entre las personas pertenecientes a culturas distintas.
La percepción de la inmigración como un elemento ajeno y perturbador
bebe mucho de actitudes racistas y xenófobas. Al menos, se relaciona
con una concepción multidimensional de la identidad, percibida como
algo unitario, cerrado al contacto con otras identidades e inamovible
(4). Esta concepción nos lleva a plantear la falsa dicotomía identidad/alteridad.
Y digo falsa porque no existen la una sin la otra, es decir, porque
"el concepto de alteridad es relativo. Los otros también definen al
otro" (Augé, 1994: 12).
Una reflexión en torno a la percepción social del inmigrante, caracterizado
como el otro por excelencia, nos puede ayudar a entender por
qué los receptores aceptan el "contrato emocional" propuesto por la
televisión. En términos de la teoría construccionista, deberíamos entender
por qué el miedo y la compasión se convierten en emociones apropiadas
cuando son producto del discurso televisivo.
2.1.El
inmigrante, el extraño, el otro
Igualdad y diferencia son dos conceptos que, lejos de ser antónimos,
se tienen que complementar para ofrecer una respuesta antirracista a
los problemas actuales. Este planteamiento surge en España desde que
se inicia un flujo significativo de inmigración extranjera. Un hecho
que hace que tomemos conciencia de que las personas que llegan a España,
por un lado, no tienen los mismos derechos que el resto de ciudadanos,
lo cual plantea una aspiración de igualdad, y por el otro, proceden
de lugares muy diversos, lo cual plantea una situación de diferencia
cultural. Igualdad y diferencia son, pues, proyectos conjuntos. La alteridad
es una construcción conceptual, y "tal y como la percibimos los europeos
puede venir dada por la nacionalidad, la raza, la religión o la cultura"
(Roque, 1998: 21). A pesar de la decadencia de las tesis del racismo
biológico, que propugnaba la superioridad de algunas razas sobre otras,
hoy existe lo que llamamos racismo cultural, que conduce a la sobregeneralización
de las diferencias y al olvido de lo común entre personas de culturas
distintas. En términos dicotómicos, se puede decir que nosotros
decidimos quiénes son los otros. Como afirma Javier de Lucas,
"la oposición maniquea entre nosotros y los demás, buenos y malos, prueba
que, en las fases elementales de la organización social, necesitamos
negar al otro para saber quiénes somos. La seguridad viene de
la negación fundamental: nosotros no somos los otros,
no somos los malos" (De Lucas, 1994: 75). Así, esta dicotomía se asocia
con la construcción de la identidad propia en base a la percepción del
otro como peligro o amenaza. "La existencia de un enemigo secular
constituye uno de los instrumentos privilegiados para conseguir la unidad
y la cohesión nacional" (Álvarez, 1993: 96). La percepción anticipada
del peligro supone, desde el punto de vista de las emociones, una experiencia
de temor o miedo por parte del ciudadano "autóctono".
El extranjero es el que no forma parte del grupo, el otro. Pero,
¿de qué grupo hablamos? ¿Es que las sociedades -en este caso la española-
han sido siempre homogéneas, antes de la llegada de los otros?
La sociedad siempre ha sido un conglomerado híbrido, y cualquier individuo
puede ser el otro, el diferente, en un contexto determinado.
Si no partimos de esta idea, la definición del otro es incompleta,
y puede comportar una estigmatización y una discriminación de estos
que nosotros consideramos diferentes.
La tendencia a elevarse uno mismo a expensas de otros es una actitud
que se puede observar, en culturas muy distintas -evidentemente, en
cada cultura se expresa y manifiesta de un modo distinto-. "La gente
necesita mucho adiestramiento para aprender que los otros tienen el
mismo derecho a creerse a ellos mismos superiores" (Bohannan, 1992:
171). Esta tendencia, que de algún modo podría ser considerada como
universal, no tiene que comportar que la aceptemos como positiva. De
hecho, "esta mentalidad se nutre de la falsa idea de nuestra propia
superioridad, trata de fundamentarse en amenazas hipotéticas que procederían
de un mundo exterior previamente delineado como hostil y, en resumidas
cuentas, revela una incapacidad para la convivencia" (Tusón, 1996: 21).
La cultura estigmatiza a todos aquellos que se apartan de las normas
establecidas, que se convertirán en los otros de la sociedad.
Así, el otro es aquel que no pertenece a una cierta unidad social
que se toma como referencia. O dicho de otro modo, "quien aspire a ser
considerado como 'uno de los nuestros' tiene que aceptar ser sometido
al molde unificador de aquellos que se consideran depositarios de una
metafísica 'cultura nacional', una situación pristina y esplendorosa
que, según el nuevo racismo diferencial, existiría antes de la llegada
de los forasteros y que la presencia de éstos amenazarían con alterar"
(Delgado, 1998: 13). Si la sociedad no es capaz de apreciar el valor
de la diversidad cultural es porque esta diversidad -consecuencia directa,
según se nos dice, de la inmigración-, es vista como un elemento peligroso,
como una invasión que hace peligrar la cohesión y la identidad autóctonas.
¿Ha existido alguna vez una sociedad homogénea, cohesionada en todos
los aspectos y "limpia" de elementos ajenos? ¿Quiénes son, pues, los
responsables de esta concepción de la inmigración, de este entender
a los inmigrantes como seres no deseables en el seno de nuestro territorio?
Veremos cómo el etnocentrismo es una actitud consolidada, cómo los medios
de comunicación difunden también esta imagen del inmigrante y cómo las
instituciones dominantes también contribuyen a hacer del otro
un ser criminalizado. Estas ideas son el punto de partida para considerar
que una de las estrategias emotivas que utiliza la televisión para tratar
el tema de la inmigración es el miedo o el temor. Esta percepción social
del inmigrante como ser peligroso no es sólo consecuencia del discurso
que promocionan las clases hegemónicas de nuestra sociedad, sino que
también son los medios de comunicación los que contribuyen a que el
espectador -miembro de la "audiencia nacional"- sienta miedo hacia el
otro. Más adelante veremos algunos ejemplos
"El problema del extranjero en nuestras sociedades complejas da lugar
a reacciones xenófobas y racistas cuando éste es visto esencialmente
como un inmigrante que viene a disputarnos las ventajas que nuestras
sociedades avanzadas, ricas y democráticas ofrecen en comparación con
sus lugares de origen" (Martínez, 1993: 80). Ya se ha dicho que una
sociedad, casi con seguridad, está formada por gente de sitios muy diversos.
Aquel individuo que llamamos inmigrante es, pues, producto de
una construcción imaginaria. "Es cierto que hay inmigrantes, pero aquello
que hace de alguien un inmigrante no es una cualidad, sino un atributo,
y un atributo que le es aplicado desde fuera, a modo de estigma y como
principio denegatorio" (Delgado, 1998: 33). "Inmigrante" es una denominación
que sólo se aplica a algunos de los inmigrantes reales, a aquellos revestidos
con determinadas características negativas. En este sentido, el inmigrante
tiene que ser no sólo de fuera, intruso, sino también tiene que ser
imaginado como pobre y atrasado cultural y socialmente, y tiene que
ser visto como un individuo peligroso. Es, pues, la ciudadanía -en el
sentido más amplio de la palabra- de la sociedad receptora, la que decide
quién es o no inmigrante (5).
3.El miedo
y la compasión en los discursos sobre la inmigración
"Las emociones
sólo pueden comprenderse plenamente como parte de la cultura como un
todo" (Averill, 1998: 205). Por esta razón, en ningún momento debemos
pensar que las emociones que movilizan los discursos televisivos son
sólo producto de la construcción mediática. Del mismo modo que es la
cultura -los individuos que la hacen posible- la que dicta las normas
"políticamente correctas", estigmatizando todo aquél que se aparta de
ellas, es también la cultura la que propone el modelo sentimental o
emotivo "correcto" de la sociedad.
Empecemos por definir los conceptos de miedo y compasión. Podemos definir
el miedo como un sentimiento de angustia experimentado por la presencia
o el pensamiento de un peligro, real o imaginario, de una amenaza. Benesch
y Schmandt lo definen como "aquel sentimiento cáustico que nos paraliza;
estamos excitados y agarrotados. Nos imaginamos consecuencias nefastas
y las anticipamos, dándoles crédito (...) Luego los motivos tienen cada
vez menos importancia" (Benesch, H. y Schmandt, W., 1982: 115). Es importante
retener la idea de que el receptor anticipa la amenaza, el peligro,
que por lo tanto puede ser real o sólo imaginario, supuesto. El miedo
se relaciona con la conceptualización subjetiva del "mal", resultado
de la relación antagónica -construida socialmente- del bien frente al
mal. Como emoción comunicada, y más concretamente comunicada por los
media, el miedo es producto de "la asignación de 'etiquetas'
a determinadas realidades, por medio de la aplicación de conceptos,
definiciones, adjetivos, a acontecimientos o hechos" (Reig, 1995: 430).
La comunicación mediada del miedo, es decir, la movilización del miedo
del espectador por parte de los medios -la televisión, concretamente-,
confirma la importancia del factor emocional, base sobre la que descansa
el dualismo simplista bien/mal del que se sirve muy a menudo la comunicación
mediada. Luis Rojas Marcos sintetiza esta idea: "la televisión, más
que ningún otro medio, tiende a perpetuar ciertos estereotipos del bueno
y del malo, a simplificar situaciones y caracteres o a cubrir con una
capa de azúcar, de superficialidad y de absolutismo muchos temas conflictivos,
relativos y complejos, con el fin de hacerlos más comprensibles y atractivos
para el público" (Rojas, 1992: 92).
La compasión es una emoción menos explorada, menos estudiada, quizás
porque su experimentación no es tan clara y obvia como en el caso del
miedo o temor. Una primera aproximación a la compasión nos hace pensar
que se trata de una emoción relacionada con la tristeza y el dolor.
Pero si profundizamos en el estudio de esta emoción, veremos que es
una emoción de gran complejidad, multidimensional. Un sinónimo de la
compasión es la piedad. Aurelio Arteta afirma que "como lo que el piadoso
comparte al compadecer no es la dicha del otro, sino su desgracia, le
toca entristecerse" (Arteta, 1996: 17). Así pues, la compasión supone
una alta dosis de empatía, de ponerse en el lugar del otro, de intentar
sentir lo que siente el otro. Veamos, sin embargo, cómo lo que podría
parecer una virtud (6), la compasión, esconde facetas que indican, más
bien, lo contrario. En primer lugar, la compasión va casi siempre acompañada
de una cierta satisfacción, que permanece inconfesable. Así, la compasión
por la desgracia ajena implica una satisfacción por la dicha propia.
Lucrecio habla de una cierta sensación de dulzura: "no porque ver a
uno sufrir nos de placer, sino porque es dulce considerar de qué mal
te eximes"(7) . Esta paradójica relación de placer y displacer, de dulzura
y tristeza, también fue tratada por Rousseau, quien afirmaba que "la
piedad es dulce, porque al ponernos en el lugar del que sufre sentimos
el placer, sin embargo, de no sufrir como él" (Rousseau, 1990: 296).
Cabe añadir que la compasión depende de la presencia visible, de la
apariencia palpable de la desgracia ajena, por lo que el padecimiento
del otro despierta más nuestra compasión cuanto más se pone ante nuestros
ojos. Esta última idea es fundamental para entender la movilización
de la compasión en el discurso televisivo sobre el inmigrante, ya que
éste se nos muestra como un individuo ajeno, como alguien diferente
que no pertenece al nosotros. Completamos esta definición de
la compasión haciendo referencia al concepto de la imaginación, pues
el sufrimiento en uno mismo por el dolor del otro no supone que suframos
"el mismo" que él; "todo transcurre en el interior de la imaginación
(...) Entre tu pena y mi pesar reales se extiende el proceso imaginativo
que las conecta" (Arteta, 1996: 32). La compasión nos obliga a salir
de nosotros mismos y ponernos en la piel del otro, imaginándonos qué
es lo que realmente está sintiendo ese otro. Es, en palabras de Lévi-Strauss,
"la identificación prerreflexiva con el otro sufriente"(8) .
Resumiendo los conceptos, y poniéndolos en relación al tema que nos
ocupa, se puede afirmar que el miedo surge ante la percepción de la
fortaleza y la amenaza del otro (9) , mientras que la compasión
arranca de la percepción de la debilidad y el sufrimiento de ese mismo
otro. Miedo y compasión son, pues, dos emociones aparentemente
contradictorias pero que pueden experimentarse hacia la misma persona
o colectivo de personas y en ocasiones hasta simultáneamente. La relación
entre el miedo y la compasión se explica también en esta frase: "compadecemos
en los otros lo que tememos para nosotros mismos y, eso mismo, que nos
asusta, es lo que nos moverá a apiadarnos de los demás cuando es a ellos
a quienes les afecta" (Arteta, 1996: 36). La complejidad de la compasión
reside en que es un sentimiento o una emoción que combina miedo y piedad
a la vez, mientras que el miedo "es sólo miedo", es una emoción, como
decíamos, más simple. En ambos casos, se trata de emociones que cumplen
una función de control social. El miedo hace manipulables a los individuos;
en palabras de Spinoza, "quienes están sujetos a esos efectos pueden
ser conducidos con mucha mayor facilidad que los otros"(10) . Ya lo
advirtió también Nicolás Maquiavelo en El Príncipe, al posicionarse
en el debate acerca de si es mejor ser amado que temido o viceversa:
"puesto que resulta difícil combinar ambas cosas, es mucho más seguro
ser temido que amado cuando se haya de renunciar a una de las dos" (Maquiavelo,
1990: 88). Estos ejemplos, aunque antiguos, nos ofrecen una buena visión
sobre el papel del miedo en el hacer del hombre un ser más débil y,
de algún modo, manipulable. Por su parte, la compasión es una forma
de obviar responsabilidades y culpas, es decir, "la complacencia disfrazada
de compasión es simplemente una modalidad más de la vieja táctica de
esconder la propia culpabilidad en una irresponsabilidad general" (Innerarity,
1994: 69).
Debemos complementar estas definiciones con una afirmación que ya ha
ido apareciendo a lo largo del texto. La visión de la realidad que nos
ofrecen los medios de comunicación "está sometida al filtro de una presentación
que prefiere frecuentemente la dimensión afectiva y emocional" (Mouchon,
1997: 273). Se trata, pues, de un discurso metafórico y simbólico que
apela más a las emociones que a la cognición, mediante estrategias comunicativas
sutilmente planificadas y sutilmente emitidas (11). Es importante detenernos
unos instantes en el concepto de sutilidad. No está socialmente aceptado
el discriminar al otro; dicho de otra manera, el racismo explícito
no goza actualmente de legitimidad. Esta constatación, que afecta también
a la acción de los medios de comunicación, obliga a un análisis más
complejo para percibir el racismo latente que se desprende del discurso
mediático. En el caso que nos ocupa, entendemos que la movilización
de emociones es parte indispensable del conjunto de estrategias comunicativas
que el medio utiliza para marcar diferencias entre nosotros y
ellos, una barrera hoy muy marcada.
3.1.Individuos
extraños irrumpen en nuestro territorio: el miedo al "otro"
Ya se ha dejado en evidencia la diferencia entre sentir miedo del otro
y sentir miedo ante la desgracia del otro -lo que lleva a compadecernos-.
En este sentido, este texto se fijará en primer lugar en ver cómo el
discurso informativo televisivo moviliza el miedo del otro, hacia el
otro, percibido como extraño, invasor y peligroso.
Partimos de una cuestión general: pocas veces se da una visión positiva
de la inmigración, o se resaltan los valores de la cultura y la religión
del que viene. Antes de referirnos concretamente a las estrategias de
movilización afectiva, consideraremos algunas hipótesis importantes
para entender, en este caso, el porqué de la movilización del miedo
del espectador en las noticias televisivas sobre la inmigración.
- En los informativos, el inmigrante "por excelencia" es el procedente
de fuera de la Unión Europea, que se nos presenta como individuo extraño,
perteneciente a una cultura diferente a la nuestra y portador
de unos valores y creencias que ponen en peligro, amenazan, la continuidad
de nuestra cultura y nuestra identidad.
- Los temas principales en los que entra en juego el inmigrante en los
informativos son las consecuencias negativas de la inmigración (ilegalidad,
paro...), las relaciones raciales (en base a "expertos" ajenos a los
propios integrantes de los grupos excluidos), y la delincuencia (drogas,
violencia, terrorismo islámico...).
- Con respecto a las fuentes, hay que subrayar la importancia concedida
a la voz institucional y a las voces que destacan aspectos negativos
de los inmigrantes. Contrariamente, la voz de los inmigrantes aparece
poco, y cuando aparece, no hace sino movilizar al receptor hacia la
compasión. La tarea de selección de citas por parte de la televisión,
por lo tanto, refuerza la movilización afectiva que hemos ido apuntando.
Estas hipótesis, muy generales, podemos relacionarlas con el llamado
"Cuadro Ideológico" que propone Teun A. Van Dijk (1999: 332), que consta
de cuatro operaciones: expresar información positiva sobre nosotros;
expresar información negativa sobre ellos; suprimir información
positiva sobre ellos; y suprimir información negativa sobre nosotros.
El miedo entra en juego en todo relato informativo que trate alguno
de los temas negativos que acabamos de señalar en las hipótesis. Aunque
quizás sea el "eterno problema de rechazar al pobre y aceptar al rico"
(De Miguel, 1994: 164), podríamos afirmar que los medios reconstruyen
los hechos incitando al miedo del telespectador. El inmigrante siempre
se nos presenta como alguien extraño, que está aquí en unas condiciones
que le obligan a robar y a delinquir para sobrevivir. La gente ve amenazada
su integridad física, y más profundamente, su identidad cultural. La
gente no acepta a los inmigrantes extracomunitarios, sobre los cuales
han recaído una serie de estereotipos y prejuicios que no hacen sino
perpetuar la barrera entre nosotros y ellos. El lenguaje
televisivo reproduce estos estereotipos y, quizás, es uno de sus máximos
configuradores, y para persuadir se ve obligado a utilizar la vía afectiva
y emotiva. Es, por lo tanto, un lenguaje intencional: "la imagen expresa
por sí sola una intencionalidad y construye realidades y esquemas concienciales"
(Reig, 1992: 75).
Varios autores que han tratado estos temas han puesto de manifiesto
la importancia de tener en cuenta los efectos que puede provocar esta
movilización del miedo del espectador. Marc Lits se cuestiona si la
acumulación de imágenes de terror acaban por banalizar este mismo miedo,
por lo que podemos pensar que el efecto de temor puede acabar convirtiéndose
en un elemento que incita a la evasión, más que a la acción (Lits, 1993:
15). Otros dos conceptos inciden en esta idea de banalización del horror:
la emoción estéril (Jean Mouchon, 1997) y la hibernación (Ramón Reig,
1995). El primero destaca que "la acumulación de imágenes de horror
o su repetición día tras día puede llegar a trivializar lo inaceptable",
y define la emoción estéril como aquella "que no desemboca en algún
acto concreto" (Mouchon, 1997: 273). Por su parte, Reig (1995: 467)
habla de hibernación para referirse a la "atrofia emocional" que, según
él, es resultado de la rutina de ver espacios mediáticos con alta carga
emotiva y espectacular, algo que comporta, a su vez, una alta dosis
de pasividad en el receptor.
3.2.Compasión
hacia el inmigrante: una virtud bajo sospecha (12)
La compasión no es nunca desinteresada, por lo que cuestionamos su cualidad
de virtud. Es, a la vez, altruista y egoísta. Altruista porque se dirige
espontáneamente hacia la desgracia ajena, sin esperar nada a cambio;
egoísta porque alimenta el ego superior del que compadece al otro, su
sentimiento de superioridad y de no verse afectado por la desgracia
del otro.
La televisión posee el enorme poder de la imagen para provocar la compasión
del telespectador hacia el otro, en este caso hacia el inmigrante. Llevada
a su extremo, la compasión se moviliza con imágenes de catástrofes que,
de forma clara, buscan la lágrima del espectador, imágenes en su mayoría
de niños, mujeres y ancianos. Las catástrofes naturales y sus dramáticas
consecuencias, las guerras, el éxodo masivo de pueblos a causa de la
guerra, etc., son algunos ejemplos de acontecimientos que, al ser reconstruidos
por la televisión, buscan el sentimiento de compasión del receptor.
En todos estos casos, la televisión construye un discurso lleno de dramatismo,
que busca la caridad, la piedad del telespectador, que, egoístamente
y en algunos casos, puede llegar a sentir "dulzura" al verse ajeno a
tal situación. Estos serían casos extremos, que normalmente se refieren
a situaciones vividas en otros países. Pero, ¿qué sucede cuando el otro
es nuestro vecino, vive con nosotros? Los discursos sobre los inmigrantes,
en efecto, pueden suscitar miedo, pero a la vez pueden incitar a la
compasión. Veamos cómo. La televisión pretende construir noticias sin
ánimo de involucrarse en lo sucedido, por lo que en innumerables ocasiones
intenta -no siempre lo consigue- ofrecer las dos caras del suceso (sea
en una misma pieza informativa o sea dentro del discurso informativo
global de una cadena determinada). En el caso que nos ocupa, cuando
se nos habla de los inmigrantes se nos muestran sus pésimas condiciones
de vida, se les da la palabra sólo cuando hablan de su marginación.
¿Qué consigue la televisión con esto? Sería deseable que se consiguiera
movilizar a la audiencia hacia una toma de conciencia del problema,
pero desgraciadamente se consigue normalmente lo contrario: que el espectador
se distancie del problema y lo vea como algo que a él no le afecta,
como una desgracia que ha recaído sobre los "pobres" inmigrantes. Aquí
vemos cómo la compasión del receptor puede ir acompañada de una cierta
felicidad por verse libre de ciertos males.
En este sentido, me parece pertinente señalar algunas hipótesis sobre
las características del discurso televisivo que ponen de manifiesto
esta movilización de la compasión del espectador.
- Los inmigrantes se nos muestran como pertenecientes a grupos poco
organizados, sin poder ni influencia política, con problemas de integración
y adaptación a nuestra sociedad, como gente insatisfecha que
"nos necesita".
- Se recurre usualmente a fuentes oficiales que se autorepresentan positivamente.
Esta idea se resume en frases como "las autoridades velan por el bienestar
de los inmigrantes". Ante un discurso así, el espectador puede sentir
la necesidad de compadecerse de la desgracia del inmigrante, y a la
vez, puede sentirse libre de responsabilidades ante el problema, dado
que las autoridades ya se encargan de solucionarlo (13).
El discurso televisivo puede conducir a que el espectador reafirme su
suerte, su distancia respecto al mal ajeno (14). La barrera se acrecienta,
por lo que se puede decir que "los medios de comunicación pueden funcionar
como refuerzo del statu quo y del control social" (Imbert, 1992:
51). Y de hecho, funcionan como tales, ya que no hacen sino perpetuar
la estructura social establecida. El poder simbólico ejercido por los
medios es de enorme envergadura, y viene dado en gran medida, como ya
se ha dicho a lo largo del artículo, por el uso de determinados estereotipos
y por la legitimación de ciertos prejuicios que hemos ido interiorizando
a lo largo de nuestra socialización. Recordemos que los estereotipos,
entre otras funciones, "afirman el propio grupo, diferenciándolo de
los demás, a los que generalmente se les descalifica, en un afán de
cohesión y protección colectivas" (Buceta, 1992: 128). Los prejuicios,
por su parte, son la base de muchos conflictos sociales, entre los cuales,
en la actualidad, destaca el desencadenado por la inmigración.
La actitud compasiva provocada por los medios de comunicación se relaciona
con el concepto de tolerancia, que según mi opinión define una actitud
que también deberíamos considerar como sospechosa. Me sirvo de un testimonio
oral para reafirmar mi posición: "Está muy de moda esto de la tolerancia.
Pero a mí no me gusta esa palabra, ni a mi marido. No nos gusta porque
significa tener que perdonar la vida. El superior tolera al inferior.
Ése es el problema. No hay que tolerar. Hay que respetar. Ése es el
ideal al que aspiramos. Respeto, respeto. Nada más" (15) . ¿Por qué
afirmo que tolerancia y compasión son actitudes relacionadas? Considero
que tanto la una como la otra suponen un sentimiento de superioridad
del que las ejerce -no sólo de superioridad en cuanto a poder económico,
sino de superioridad entendida como sentimiento de ser superior a todos
los niveles: moral, cultural, económico, social, etc.-; igualmente,
ambas presuponen un cierto sentimiento de dulzura porque quien las ejerce
se ve alejado de los males que afectan a los otros.
3.3.Algunos
ejemplos recientes: los sucesos de El Ejido
Las páginas de los periódicos, así como los espacios informativos televisivos,
combinan noticias sobre inmigración que incitan al miedo con noticias
sobre inmigración que incitan a la compasión. Dentro del primer grupo,
encontramos ejemplos que hacen referencia a encuestas en las que se
pone de manifiesto el rechazo de los españoles a los inmigrantes y el
consenso -¿real?- acerca de la restricción de la inmigración; encontramos
también noticias en las que la voz predominante la tienen las "víctimas"
de ataques y actos delictivos cometidos por inmigrantes (16). Este último
caso es, últimamente, y al menos aparentemente, el más representativo
en la actualidad. Con respecto a la compasión, podemos nombrar también
algunos ejemplos: noticias sobre mujeres y niños inmigrantes expulsados
de España -la compasión es mayor cuando se trata de mujeres y niños-;
noticias sobre el estado crítico de inmigrantes en huelga de hambre,
y noticias sobre las pésimas condiciones de vida de los inmigrantes.
Éstos son sólo algunos ejemplos generales. Me parece interesante, sin
embargo, mostrar ejemplos de informativos televisivos concretos, referidos
a un tema actual como son los acontecimientos sucedidos en El Ejido
(Almería). Para sistematizar mi análisis, he elegido una única pieza
informativa: un reportaje del programa "30 Minuts", de Televisió de
Catalunya, emitido el 13 de febrero del presente año (17) . El título
del reportaje, "El Ejido en flames" ("El Ejido en llamas") ya es un
claro ejemplo de incitación a la emotividad del telespectador. La gran
mayoría de citas aparecidas en los primeros minutos del reportaje dan
la voz a los vecinos españoles de la localidad almeriense, que en todo
momento arremeten contra los marroquíes, con frases como : "toda la
basura es para nosotros", "los marroquíes roban y violan a mujeres;
no estamos tranquilos". A estas declaraciones, ejemplo de una cierta
manipulación del discurso oral en el tratamiento informativo del inmigrante,
hay que añadir la propia voz en off del reportaje, que constantemente
hace referencia a una "caza del moro" y que generalmente muestra en
imágenes a grupos de marroquíes exaltados y rencorosos con sus vecinos
españoles. Este comienzo del reportaje ya incita a un posicionamiento
claro del telespectador, que enseguida se "solidariza" con sus compatriotas
y que no duda en creer que realmente el peligro está en los inmigrantes.
No obstante, el discurso informativo de este reportaje cambia de pronto:
si antes se ponía énfasis en las declaraciones de los vecinos españoles
que arremetían contra los marroquíes, ahora se da la palabra al inmigrante.
Pero veamos qué efectos produce este cambio. Las imágenes, ahora, recogen
los ataques racistas de españoles a marroquíes, el estado en que han
quedado las residencias de muchos de éstos después de dichos ataques,
la desesperación de los marroquíes al verse constantemente discriminados
y atacados verbal y físicamente, etc. ¿Puede el receptor sentir lo que
sienten en ese momento estos individuos? Evidentemente, la empatía nunca
es total, pero el telespectador puede sentirse ahora más cerca del inmigrante,
más solidario hacia su miserable situación. La compasión, claro, se
produce desde lejos, y con el añadido de reafirmar la suerte de no verse
inmerso en tal desgracia. ¿Qué consigue el medio al movilizar el miedo
y la compasión del telespectador en un mismo espacio informativo? ¿No
será ésta otra estrategia de la televisión para mostrarse como imparcial
y objetiva ante la audiencia? Y lo que es más importante, ¿qué emoción
prevalecerá en el cuerpo y la mente del telespectador? Podríamos afirmar
que, a menudo, el miedo, la percepción del inmigrante como un ser peligroso
y como una amenaza exterior, supera al sentimiento de compasión. Y es
más, el miedo permanece a largo plazo, mientras que la compasión, cuando
se produce, es una emoción más pasajera, que puede quedar pronto obsoleta.
Y es que no debemos olvidar que "la espectacularización a la que los
medios someten todo acontecer -o buena parte de él-, está al servicio
de la creación de esa 'emotio', de esa alteración afectiva e intensa,
de ese estado intenso y relativamente breve" (Del Rey Morató, 1988:
186).
4.Perpetuación
de la barrera entre nosotros y ellos
Concluyo este artículo con una breve reflexión acerca de cómo el discurso
informativo televisivo contribuye a perpetuar y mantener firme la barrera
entre nosotros y ellos. Evidentemente, el discurso de
los medios no hace sino reflejar el consenso -aparente- de la sociedad
civil. Y digo aparente porque se trata de un consenso creado por las
élites, por las instituciones, e impuesto a la ciudadanía. No debemos
olvidar que los medios de comunicación pueden funcionar -y de hecho,
funcionan- como refuerzo del statu quo y del control social al
transmitir determinados valores y estereotipos sociales. Existe, pues,
una cierta identificación entre el discurso institucional y el discurso
mediático sobre la inmigración, por lo que puede decirse que los medios
de comunicación y las élites comparten una misma base ideológica, un
mismo sistema de valores. Este imaginario compartido contribuye a perpetuar
el racismo -siempre sutil, latente- y a mantener las distancias entre
los ciudadanos autóctonos y los inmigrantes que, ni siquiera, gozan
de la etiqueta de ciudadanos.
Aunque resulta casi imposible escapar al etnocentrismo, es decir, aunque
"cada uno de nosotros, inevitablemente, interpreta los acontecimientos
a partir de su propio bagaje cognitivo y emotivo, que habitualmente
se ha construido dentro de una cultura determinada" (Rodrigo, 1996:
22), no deberíamos aceptar sin más la realidad informativa que se nos
ofrece en los medios de comunicación. La reflexión debe ir cada día
a más, y desde las ciencias de la comunicación debemos ser capaces de
analizar de forma crítica cuáles son las barreras y obstáculos que impiden
una comunicación intercultural eficaz. En este caso, la reflexión ha
girado en torno a la comunicación de las emociones en la construcción
mediática del inmigrante, pero hay otros muchos temas importantes en
el escenario mediático que requieren de la reflexión desde disciplinas
muy diversas.
Quisiera terminar reproduciendo un fragmento de un texto en el que se
pone de manifiesto una de las ideas en torno a las cuales ha girado
este artículo. Se trata de un artículo de opinión de Christophe Hein,
que ejemplifica la simultaneidad de los sentimientos de compasión y
miedo cuando se habla de los otros, de los inmigrantes. Este
texto fue leído en una de las mayores concentraciones contra el racismo
y la xenofobia que se celebró en Alemania y ha sido publicado en numerosas
revistas y medios de comunicación de todo el mundo. Tomemos en cuenta
la ironía y el sarcasmo del artículo.
"...Queremos conservar nuestra propiedad, incluso aunque sea modesta.
Por ello debemos defendernos frente a vosotros. Sin saberlo, habéis
comenzado a hacernos la guerra. Vuestro mundo ataca, amenaza al nuestro.
Si no nos defendemos, nuestro mundo industrializado que nos es tan precioso
y al que no queremos renunciar va a hundirse, a sumirse en vuestro tercer
mundo. Nosotros tenemos piedad de vuestra pobreza. Las imágenes de vuestros
países nos acongojan, nos llenan de estupor, y el espectáculo de vuestra
desnudez, de vuestra miseria, nos desgarra el corazón. Incluso frecuentemente
hasta evitamos ver los telediarios, las últimas noticias para no cruzarnos
con vosotros, cuando al mismo tiempo estamos viendo las ricas estanterías
de nuestros almacenes, de nuestros supermercados. Contemplar vuestros
harapos y vuestros ojos nos hace demasiado mal. No penséis que somos
cínicos, ¡qué va!, en absoluto. Comprendernos, por favor, tenemos piedad
de vosotros, pero estamos obligados a defender nuestra sociedad; estamos
obligados a cerrar a cal y canto nuestras casas, nuestros apartamentos
-que os parecen palacios- para prohibiros la entrada. Pues si nosotros
perdemos este combate, esta guerra contra vosotros, nuestras ciudades
se convertirán en favelas, barriadas de chabolas y latas. Si nuestro
mundo se mezcla con el vuestro se hundirá. Nuestra riqueza desaparecerá
sin dejar traza como un cubo de agua en el océano de vuestra miseria
(...) Nosotros nos defenderemos. Nos defenderemos por miedo a vuestra
pobreza, por miedo a tener que compartirla algún día...".
En este caso
se trata de un discurso irónico. Deberíamos aspirar a que nadie se identificara
con lo que se dice en este artículo. El reto es la convivencia. No deberíamos
presenciar lo que ya apuntó Mark Twain: "Todas las naciones miran con
desprecio a todas las demás naciones"(18) .
Notas
1. Miquel Rodrigo afirma que "el estudio de la comunicación emotiva
debe hacerse desde una perspectiva pluridisciplinaria. Pero no basta
con considerar a la psicología, la sociología, la filosofía y la semiótica
sino que hay que discriminar a demás las distintas corrientes dentro
de cada una de estas disciplinas. Se debe buscar el principio que haga
de hilo conductor entre ellas" (Rodrigo, 1992: 40).
2. Hay que distinguir entre comunicación intercultural interpersonal
-se da en el contacto y la comunicación entre individuos de culturas
distintas- y comunicación intercultural mediada -aquí ya entra en juego
la acción de los medios de comunicación, que también ponen en contacto
a individuos de culturas distintas, pero en la cual la comunicación
no es directa, cara a cara, sino mediatizada-.
3. Jorge A. González, de la Universidad de Colima, ha repetido en múltiples
ocasiones en la clase de Cátedra UNESCO "Redes de información cultural"
(Programa de Doctorado en Periodismo y Ciencias de la Comunicación,
Universidad Autónoma de Barcelona), que "la comunicación empieza en
el cuerpo y al cuerpo regresa".
4. Respecto al concepto de identidad, es particularmente interesante
la visión que nos ofrece Amin Maalouf en Identitats que maten. El autor
dice que la identidad es una, pero que está hecha de todos los elementos
que le han dado forma, en una mezcla especial que nunca es la misma
para otro (Maalouf, 1999: 10).
5. Un aspecto a tener en cuenta es el hasta cuándo se considera a una
persona inmigrante. Por otra parte, el uso de "inmigrante", en lugar
de migrante, es un uso intencional, ya que es éste el concepto que siempre
utilizan los medios de comunicación.
6. De hecho, la virtud fue y continúa siendo considerado como una virtud
por el cristianismo. Para ahondar en esta cuestión tendríamos que retomar
el concepto de "caridad cristiana".
7. Citado en Arteta, A., 1996: 18.
8. Citado en Aranzadi, J., 1992: 2.
9. Sigmund Freud ya había advertido el miedo a los otros, a los distintos,
como mecanismo de defensa inconsciente al que denominó "inquietante
extranjería" (Freud, 1985).
10. Citado en Bodei, R., 1991: 130.
11. Quizás la estrategia más visible es el uso de unas determinadas
fuentes en detrimento de otras, por lo que se puede decir que la selección
de unas voces y no de otras contribuye también a movilizar afectivamente
al receptor hacia una u otra emoción. Así se pone de manifiesto en el
artículo "El discurso racista de la prensa y la manipulación de los
testimonios orales", de Antonio M. Bañón (1998).
12. Tomo esta frase del título del libro La compasión. Apología de una
virtud bajo sospecha, de Aurelio Arteta.
13. Las autoridades consiguen dos cosas: por una parte, desresponsabilizar
a la gente, y por otra, autolegitimarse al mostrarse como capaces de
solucionar el problema.
14. Evidentemente, y por suerte, esta situación no se da siempre, ya
que podríamos afirmar que el discurso también puede conducir a una mayor
sensibilización y concienciación.
15. Testimonio de Luisa, una mujer casada con un senegalés, recogido
en el artículo "Viaje por la emigración", de John Carlin, publicado
en El País Semanal del 21 de noviembre de 1999, pág. 69.
16. El concepto de "víctimas" puede sugerir, a su vez, una idea contraria.
Así pues, también pordríamos hablar de víctimas al referirnos a los
inmigrantes. Eduardo Giordano (199 : 168) habla de "víctimas indigenas"
para referirse a "aquellas otras víctimas que carecen de significación
para los fines de propaganda del sistema y que incluso podrían entorpecerlos
si saliesen a la luz pública". Esta idea puede inducirnos a pensar que
a las clases dominantes españolas, y dentro de ellas a los medios de
comunicación, no siempre les interesa destacar al inmigrante como víctima,
sino más como amenaza exterior.
17. Sería interesante incluir ejemplos de noticias, pero considero que
en el reportaje analizado puede ilustrar cómo se combinan la compasión
y el temor al tratar el tema de la inmigración. De hecho, hablar sólo
de noticias supondría un uso restringido del concepto de información.
18. Twain, M. (1977) Cartas de la Tierra, Galerna, Buenos Aires.
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* Marta Rizo García es profesora del departamento de Periodisme i Ciències
de la Comunicació de la Universitat Autònoma de Barcelona
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