MIEDO Y COMPASIÓN: DOS ESTRATEGIAS DE MOVILIZACIÓN AFECTIVA EN EL DISCURSO INFORMATIVO SOBRE EL INMIGRANTE

 

                                       Marta Rizo García*

                                       marta.rizo@uab.es

                                                                

"Los sentimientos siempre entran en juego. Son la música de fondo de nuestro pensamiento, de nuestro sentir, de nuestra memoria"
BENESCH, H. y SCHMANDT, W.

 

 

Las emociones, a menudo utilizadas como sinónimo de sentimientos y afectos, son un objeto de estudio con una larga tradición en la filosofía y la psicología. Pero en el campo de las ciencias de la comunicación, las emociones son un aspecto poco investigado, quizás debido a la complejidad metodológica que, como se verá, supone su estudio (1). No obstante, en los último años han proliferado obras que tratan de reflexionar acerca de la comunicación de las emociones y, más concretamente, acerca de los medios de comunicación como transmisores de emociones y sentimientos.
 
El presente artículo es una reflexión acerca de dos de las estrategias de movilización afectiva que se utilizan en los informativos televisivos para hablar de la inmigración, un tema de suma importancia en la actualidad. Se trata del miedo y la compasión, dos emociones que, a pesar de su aparente contraposición o difícil interrelación, son en muchas ocasiones la base sobre la cual la televisión construye su discurso sobre la inmigración. Partimos, pues, de que la televisión es una "industria de emociones inducidas" (Del Rey Morato, 1998: 53) y de que la audiencia participa de una actividad emocional, no sólo cognitiva y racional. Porque, "no menos cierta que la expresión el hombre es el ser racional es esta otra: el hombre es el ser emotivo, o bien, el hombre es el ser sentimental, deseante, pasional, impresionable, persuadible y seducible" (en cursiva en el original) (Del Rey Morato, 1998: 153).
 
Antes de proceder a la reflexión, me parece imprescindible explicitar mi posicionamiento teórico respecto al tema de las emociones. Uno de los debates que mayor producción científica ha suscitado ha sido el de si las emociones son innatas o adquiridas. En este sentido, mi posicionamiento es claro: las emociones son una construcción social. Son, por lo tanto, las premisas del construccionismo social, las que me servirán como base teórica a lo largo de toda la reflexión. Para el construccionismo, las emociones vienen determinadas por el sistema de creencias, se aprenden cuando el individuo interioriza los valores de su cultura y son, por lo tanto, patrones de conducta social y culturalmente determinados. Claire Armon-Jones define las emociones como "actitudes y creencias, juicios y deseos, cuyos contenidos no son innatos, sino determinados por el sistema cultural, los valores y la moral de determinadas comunidades" (Armon-Jones, 1986: 33). Junto con esta idea, me parece importante remarcar la importancia del lenguaje, como base para establecer, expresar y provocar emociones. Es, pues, esta capacidad provocativa del lenguaje -no debemos olvidar el enorme poder simbólico que posee el lenguaje- la que me lleva a hablar de movilizaciones afectivas, en este caso inducidas por el discurso informativo de la televisión. En contra de lo que tradicionalmente se postulaba, hoy se acepta cada vez más que los medios de comunicación no sólo tienen efectos cognitivos y conductuales, sino que cada vez más cumplen un papel de educadores emotivos o sentimentales de la sociedad receptora. Esta afirmación es especialmente válida para el medio televisivo, ya que es la televisión el medio que mejor muestra al receptor los grandes modelos de comportamiento emotivo establecidos en la sociedad. Me sirvo de una frase tópica que, a mi entender, contiene una gran dosis de verdad cuando se habla de emociones: "una imagen vale más que mil palabras".
 
El tema que trato en este artículo tiene que ver con un algo muy importante en el actual mundo global, en el que las sociedades son cada vez más diversas -en gran parte, como consecuencia del incremento de los movimientos migratorios- y en el que el reto no es otro que el de conseguir un diálogo eficaz y real entre las distintas culturas. Me refiero a la aceptación de otras culturas y, por lo tanto, de sensibilidades distintas a las nuestras. Esta actitud de aceptación de lo otro se incluye en la perspectiva construccionista, que permite superar presuposiciones etnocéntricas y pone de manifiesto la relatividad cultural de las emociones. La inmigración es un tema idóneo para llevar a cabo esta reflexión, ya que suele ser presentada en los medios como fuente inagotable de conflictos interculturales. Veremos qué papel juegan las emociones, especialmente el miedo -o temor- y la compasión, en el discurso sobre la inmigración. Y veremos, también, cómo estas estrategias de movilización afectiva son producto del entorno cultural que nos rodea, y no son, únicamente, una construcción mediática. En definitiva, ¿cómo se sirve la televisión de la compasión y el miedo para tratar el tema de la inmigración? Casos recientes, como los sucedidos en El Ejido (Almería), prueban la importancia que ha de tener hoy la reflexión en torno a la interculturalidad, y en nuestro caso, en torno a la comunicación intercultural mediada (2) .Un análisis del discurso emotivo en la información televisiva es, de alguna manera, un análisis del lenguaje, y más concretamente, un fijarse en "cómo las formas del lenguaje reflejan o construyen lo que comunmente llamamos emoción" (Banberg, 1997: 209). En el caso de la televisión, palabra e imagen refuerzan el poder simbólico que, ya de por sí, posee el lenguaje.
 
 
1.La información, ¿movilizadora de emociones?
La elección del género de los informativos responde a la importancia que tienen hoy en día las noticias en la construcción del conocimiento que la gente tiene acerca del mundo que le rodea. Como nos recuerda Van Dijk (1997: 29-30), "la mayor parte de nuestro conocimiento social y político, así como nuestras creencias sobre el mundo, emanan de las decenas de informaciones que leemos o escuchamos diariamente". Y responde también a la necesidad de trasladar la investigación de las emociones desde el tradicional ámbito de la ficción hacia los informativos, un género más olvidado en las investigaciones sobre las emociones en la comunicación.
 
Hay que partir de que "la televisión hoy, es en gran parte, una pantalla de y para las culturas del mundo. Grupos nacionales, étnicos, religiosos, sociales, sexuales y de la más variada diversidad se enfrentan a, y son parte de, las programaciones televisivas habituales" (Grillo, 1995: 66). Así, la televisión construye una audiencia nacional, el nosotros, que ve a los otros que aparecen en televisión como extraños, distintos a ellos. Esta percepción se incrementa cuando los otros comparten un mismo espacio, como se da en el caso de los inmigrantes.
 
La relación entre los televidentes y el medio es fruto de un pacto comunicativo, de un acuerdo, construido diariamente y sin el cual la dotación de sentido a los mensajes por parte del receptor no tendría lugar. La televisión consigue que nosotros, los receptores, nos veamos seducidos por su discurso y nos proyectemos en los acontecimientos narrados. Evidentemente, un proceso de esta magnitud no se puede conseguir sólo mediante los contenidos cognitivos y conductuales que nos ofrecen los medios. Es, por lo tanto, interesante, ver en qué medida los medios, especialmente la televisión, nos inducen a tener determinadas experiencias emotivas, si se quiere, reacciones emotivas. Experiencias que, aún teniendo un componente fisiológico, son construidas socialmente, es decir, son dotadas de significado por la sociedad.
 
No debemos establecer una dicotomía total entre cognición y emoción. De hecho, las emociones son también fuente de conocimiento, es decir, también conocemos mediante experiencias emotivas. Lo que cambia es el modo cómo se conoce. Así, como afirma Dantzer, debemos entender las emociones como poseedoras de un "rol organizativo en la evaluación del mundo que nos rodea" (Dantzer, 1989: 32). Es precisamente este rol organizativo de las emociones el que explica que una gran cantidad de experiencias emotivas se construyan en base a dicotomías, simplificaciones que, no obstante, nos ayudan en nuestra tarea -eterna- de intentar poner orden al caos que nos rodea.
 
Existe la tendencia tradicional a atribuir la función de "hacer saber" al género informativo, pero cada vez más se tiende a pensar en este género como una hibridación, como un género "impuro" -¿fue puro alguna vez?-, que añade a este "hacer saber", a este informar, el entretener, y lo que es más significativo, el "hacer sentir". Desde las ciencias de la comunicación se reflexiona cada vez más en torno a esta progresiva hibridación de la información, sobre todo de la información televisiva, que al combinar palabra e imagen, no sólo informa, sino que también hace sentir. Esta potencialidad -muy bien aprovechada- de movilizar afectivamente al espectador se relaciona con la necesidad del medio de "narrar la realidad" de un modo creíble y verosímil. Y qué mejor forma de explicar un suceso que haciendo que el espectador no sólo lo conozca sino que también lo sienta -incluso físicamente hablando (3) - . Se ha hablado muy a menudo de que los medios dramatizan la realidad, en el sentido de que la narran utilizando formas "propias" de la ficción. En este sentido, lo importante para la información televisiva no es reconstruir los hechos "tal y como sucedieron", sino saber a quién le pasó qué y, mejor aún, cómo lo está viviendo.
 
La moral común, el consenso social -aparente-, o dicho de otro modo, "lo políticamente correcto", encuentra en el informativo televisivo un escenario privilegiado para perpetuarse. Y la interiorización de esta moral común es también producto de la socialización emocional de los individuos, llevada a cabo hoy, en gran medida, por los medios de comunicación. Así, "el noticiero exhibe la emocionalidad que despierta las tensiones hacia una moral común (lo bueno, lo justo, lo correcto) cuyo sentido transita, al igual que el medio televisivo, por el terreno movedizo en el que se interpenetran lo público y lo privado" (Grillo, 1995: 74).

 

 

2. La construcción mediática del inmigrante y su componente emotivo
Cualquier discurso implica una perspectiva sobre la realidad que, evidentemente, excluye otras. Por lo tanto, toda narración mediática implica de algún modo una versión parcial de la realidad. Este es un tema que ha suscitado un gran debate entre los que opinan que la televisión -y, en general, todos los medios de comunicación- refleja la realidad y los que, por el contrario, prefieren hablar de la televisión como constructora de la realidad social. En este sentido, Catalina González afirma que "los medios interpretan la realidad, y sobre esta interpretación 'construyen' o 'presentan' una nueva forma de ella: una realidad discursiva, mediada" (González, 1997: 80).
 
La inmigración es hoy un fenómeno social de gran importancia. Hablar de inmigración es, yendo más allá, hablar de diversidad cultural, de multiculturalidad y de interculturalidad. Hay que constatar, en primer lugar, la confusión o falta de consenso que se da en la utilización de estos términos. La diversidad cultural es inherente a cualquier sociedad; es, por lo tanto, errónea, la concepción de la diversidad como resultado únicamente de la coexistencia de individuos de culturas distintas dentro de un mismo territorio. Por multiculturalidad entiendo la situación de coexistencia de miembros de culturas distintas en una misma sociedad, lo cual indica su carácter puramente estático, descriptivo de una situación inmóvil. La interculturalidad, por el contrario, implica una interacción entre dichos individuos, un contacto permanente, y como tal, una situación dinámica, que vería su logro máximo en la consecución de una situación de convivencia entre las personas pertenecientes a culturas distintas. La percepción de la inmigración como un elemento ajeno y perturbador bebe mucho de actitudes racistas y xenófobas. Al menos, se relaciona con una concepción multidimensional de la identidad, percibida como algo unitario, cerrado al contacto con otras identidades e inamovible (4). Esta concepción nos lleva a plantear la falsa dicotomía identidad/alteridad. Y digo falsa porque no existen la una sin la otra, es decir, porque "el concepto de alteridad es relativo. Los otros también definen al otro" (Augé, 1994: 12).
 
Una reflexión en torno a la percepción social del inmigrante, caracterizado como el otro por excelencia, nos puede ayudar a entender por qué los receptores aceptan el "contrato emocional" propuesto por la televisión. En términos de la teoría construccionista, deberíamos entender por qué el miedo y la compasión se convierten en emociones apropiadas cuando son producto del discurso televisivo.

 

 

2.1.El inmigrante, el extraño, el otro
Igualdad y diferencia son dos conceptos que, lejos de ser antónimos, se tienen que complementar para ofrecer una respuesta antirracista a los problemas actuales. Este planteamiento surge en España desde que se inicia un flujo significativo de inmigración extranjera. Un hecho que hace que tomemos conciencia de que las personas que llegan a España, por un lado, no tienen los mismos derechos que el resto de ciudadanos, lo cual plantea una aspiración de igualdad, y por el otro, proceden de lugares muy diversos, lo cual plantea una situación de diferencia cultural. Igualdad y diferencia son, pues, proyectos conjuntos. La alteridad es una construcción conceptual, y "tal y como la percibimos los europeos puede venir dada por la nacionalidad, la raza, la religión o la cultura" (Roque, 1998: 21). A pesar de la decadencia de las tesis del racismo biológico, que propugnaba la superioridad de algunas razas sobre otras, hoy existe lo que llamamos racismo cultural, que conduce a la sobregeneralización de las diferencias y al olvido de lo común entre personas de culturas distintas. En términos dicotómicos, se puede decir que nosotros decidimos quiénes son los otros. Como afirma Javier de Lucas, "la oposición maniquea entre nosotros y los demás, buenos y malos, prueba que, en las fases elementales de la organización social, necesitamos negar al otro para saber quiénes somos. La seguridad viene de la negación fundamental: nosotros no somos los otros, no somos los malos" (De Lucas, 1994: 75). Así, esta dicotomía se asocia con la construcción de la identidad propia en base a la percepción del otro como peligro o amenaza. "La existencia de un enemigo secular constituye uno de los instrumentos privilegiados para conseguir la unidad y la cohesión nacional" (Álvarez, 1993: 96). La percepción anticipada del peligro supone, desde el punto de vista de las emociones, una experiencia de temor o miedo por parte del ciudadano "autóctono".
 
El extranjero es el que no forma parte del grupo, el otro. Pero, ¿de qué grupo hablamos? ¿Es que las sociedades -en este caso la española- han sido siempre homogéneas, antes de la llegada de los otros? La sociedad siempre ha sido un conglomerado híbrido, y cualquier individuo puede ser el otro, el diferente, en un contexto determinado. Si no partimos de esta idea, la definición del otro es incompleta, y puede comportar una estigmatización y una discriminación de estos que nosotros consideramos diferentes.
 
La tendencia a elevarse uno mismo a expensas de otros es una actitud que se puede observar, en culturas muy distintas -evidentemente, en cada cultura se expresa y manifiesta de un modo distinto-. "La gente necesita mucho adiestramiento para aprender que los otros tienen el mismo derecho a creerse a ellos mismos superiores" (Bohannan, 1992: 171). Esta tendencia, que de algún modo podría ser considerada como universal, no tiene que comportar que la aceptemos como positiva. De hecho, "esta mentalidad se nutre de la falsa idea de nuestra propia superioridad, trata de fundamentarse en amenazas hipotéticas que procederían de un mundo exterior previamente delineado como hostil y, en resumidas cuentas, revela una incapacidad para la convivencia" (Tusón, 1996: 21).
 
La cultura estigmatiza a todos aquellos que se apartan de las normas establecidas, que se convertirán en los otros de la sociedad. Así, el otro es aquel que no pertenece a una cierta unidad social que se toma como referencia. O dicho de otro modo, "quien aspire a ser considerado como 'uno de los nuestros' tiene que aceptar ser sometido al molde unificador de aquellos que se consideran depositarios de una metafísica 'cultura nacional', una situación pristina y esplendorosa que, según el nuevo racismo diferencial, existiría antes de la llegada de los forasteros y que la presencia de éstos amenazarían con alterar" (Delgado, 1998: 13). Si la sociedad no es capaz de apreciar el valor de la diversidad cultural es porque esta diversidad -consecuencia directa, según se nos dice, de la inmigración-, es vista como un elemento peligroso, como una invasión que hace peligrar la cohesión y la identidad autóctonas. ¿Ha existido alguna vez una sociedad homogénea, cohesionada en todos los aspectos y "limpia" de elementos ajenos? ¿Quiénes son, pues, los responsables de esta concepción de la inmigración, de este entender a los inmigrantes como seres no deseables en el seno de nuestro territorio? Veremos cómo el etnocentrismo es una actitud consolidada, cómo los medios de comunicación difunden también esta imagen del inmigrante y cómo las instituciones dominantes también contribuyen a hacer del otro un ser criminalizado. Estas ideas son el punto de partida para considerar que una de las estrategias emotivas que utiliza la televisión para tratar el tema de la inmigración es el miedo o el temor. Esta percepción social del inmigrante como ser peligroso no es sólo consecuencia del discurso que promocionan las clases hegemónicas de nuestra sociedad, sino que también son los medios de comunicación los que contribuyen a que el espectador -miembro de la "audiencia nacional"- sienta miedo hacia el otro. Más adelante veremos algunos ejemplos
 
"El problema del extranjero en nuestras sociedades complejas da lugar a reacciones xenófobas y racistas cuando éste es visto esencialmente como un inmigrante que viene a disputarnos las ventajas que nuestras sociedades avanzadas, ricas y democráticas ofrecen en comparación con sus lugares de origen" (Martínez, 1993: 80). Ya se ha dicho que una sociedad, casi con seguridad, está formada por gente de sitios muy diversos. Aquel individuo que llamamos inmigrante es, pues, producto de una construcción imaginaria. "Es cierto que hay inmigrantes, pero aquello que hace de alguien un inmigrante no es una cualidad, sino un atributo, y un atributo que le es aplicado desde fuera, a modo de estigma y como principio denegatorio" (Delgado, 1998: 33). "Inmigrante" es una denominación que sólo se aplica a algunos de los inmigrantes reales, a aquellos revestidos con determinadas características negativas. En este sentido, el inmigrante tiene que ser no sólo de fuera, intruso, sino también tiene que ser imaginado como pobre y atrasado cultural y socialmente, y tiene que ser visto como un individuo peligroso. Es, pues, la ciudadanía -en el sentido más amplio de la palabra- de la sociedad receptora, la que decide quién es o no inmigrante (5).

 

 

3.El miedo y la compasión en los discursos sobre la inmigración
"Las emociones sólo pueden comprenderse plenamente como parte de la cultura como un todo" (Averill, 1998: 205). Por esta razón, en ningún momento debemos pensar que las emociones que movilizan los discursos televisivos son sólo producto de la construcción mediática. Del mismo modo que es la cultura -los individuos que la hacen posible- la que dicta las normas "políticamente correctas", estigmatizando todo aquél que se aparta de ellas, es también la cultura la que propone el modelo sentimental o emotivo "correcto" de la sociedad.
 
Empecemos por definir los conceptos de miedo y compasión. Podemos definir el miedo como un sentimiento de angustia experimentado por la presencia o el pensamiento de un peligro, real o imaginario, de una amenaza. Benesch y Schmandt lo definen como "aquel sentimiento cáustico que nos paraliza; estamos excitados y agarrotados. Nos imaginamos consecuencias nefastas y las anticipamos, dándoles crédito (...) Luego los motivos tienen cada vez menos importancia" (Benesch, H. y Schmandt, W., 1982: 115). Es importante retener la idea de que el receptor anticipa la amenaza, el peligro, que por lo tanto puede ser real o sólo imaginario, supuesto. El miedo se relaciona con la conceptualización subjetiva del "mal", resultado de la relación antagónica -construida socialmente- del bien frente al mal. Como emoción comunicada, y más concretamente comunicada por los media, el miedo es producto de "la asignación de 'etiquetas' a determinadas realidades, por medio de la aplicación de conceptos, definiciones, adjetivos, a acontecimientos o hechos" (Reig, 1995: 430). La comunicación mediada del miedo, es decir, la movilización del miedo del espectador por parte de los medios -la televisión, concretamente-, confirma la importancia del factor emocional, base sobre la que descansa el dualismo simplista bien/mal del que se sirve muy a menudo la comunicación mediada. Luis Rojas Marcos sintetiza esta idea: "la televisión, más que ningún otro medio, tiende a perpetuar ciertos estereotipos del bueno y del malo, a simplificar situaciones y caracteres o a cubrir con una capa de azúcar, de superficialidad y de absolutismo muchos temas conflictivos, relativos y complejos, con el fin de hacerlos más comprensibles y atractivos para el público" (Rojas, 1992: 92).
 
La compasión es una emoción menos explorada, menos estudiada, quizás porque su experimentación no es tan clara y obvia como en el caso del miedo o temor. Una primera aproximación a la compasión nos hace pensar que se trata de una emoción relacionada con la tristeza y el dolor. Pero si profundizamos en el estudio de esta emoción, veremos que es una emoción de gran complejidad, multidimensional. Un sinónimo de la compasión es la piedad. Aurelio Arteta afirma que "como lo que el piadoso comparte al compadecer no es la dicha del otro, sino su desgracia, le toca entristecerse" (Arteta, 1996: 17). Así pues, la compasión supone una alta dosis de empatía, de ponerse en el lugar del otro, de intentar sentir lo que siente el otro. Veamos, sin embargo, cómo lo que podría parecer una virtud (6), la compasión, esconde facetas que indican, más bien, lo contrario. En primer lugar, la compasión va casi siempre acompañada de una cierta satisfacción, que permanece inconfesable. Así, la compasión por la desgracia ajena implica una satisfacción por la dicha propia. Lucrecio habla de una cierta sensación de dulzura: "no porque ver a uno sufrir nos de placer, sino porque es dulce considerar de qué mal te eximes"(7) . Esta paradójica relación de placer y displacer, de dulzura y tristeza, también fue tratada por Rousseau, quien afirmaba que "la piedad es dulce, porque al ponernos en el lugar del que sufre sentimos el placer, sin embargo, de no sufrir como él" (Rousseau, 1990: 296). Cabe añadir que la compasión depende de la presencia visible, de la apariencia palpable de la desgracia ajena, por lo que el padecimiento del otro despierta más nuestra compasión cuanto más se pone ante nuestros ojos. Esta última idea es fundamental para entender la movilización de la compasión en el discurso televisivo sobre el inmigrante, ya que éste se nos muestra como un individuo ajeno, como alguien diferente que no pertenece al nosotros. Completamos esta definición de la compasión haciendo referencia al concepto de la imaginación, pues el sufrimiento en uno mismo por el dolor del otro no supone que suframos "el mismo" que él; "todo transcurre en el interior de la imaginación (...) Entre tu pena y mi pesar reales se extiende el proceso imaginativo que las conecta" (Arteta, 1996: 32). La compasión nos obliga a salir de nosotros mismos y ponernos en la piel del otro, imaginándonos qué es lo que realmente está sintiendo ese otro. Es, en palabras de Lévi-Strauss, "la identificación prerreflexiva con el otro sufriente"(8) .
 
Resumiendo los conceptos, y poniéndolos en relación al tema que nos ocupa, se puede afirmar que el miedo surge ante la percepción de la fortaleza y la amenaza del otro (9) , mientras que la compasión arranca de la percepción de la debilidad y el sufrimiento de ese mismo otro. Miedo y compasión son, pues, dos emociones aparentemente contradictorias pero que pueden experimentarse hacia la misma persona o colectivo de personas y en ocasiones hasta simultáneamente. La relación entre el miedo y la compasión se explica también en esta frase: "compadecemos en los otros lo que tememos para nosotros mismos y, eso mismo, que nos asusta, es lo que nos moverá a apiadarnos de los demás cuando es a ellos a quienes les afecta" (Arteta, 1996: 36). La complejidad de la compasión reside en que es un sentimiento o una emoción que combina miedo y piedad a la vez, mientras que el miedo "es sólo miedo", es una emoción, como decíamos, más simple. En ambos casos, se trata de emociones que cumplen una función de control social. El miedo hace manipulables a los individuos; en palabras de Spinoza, "quienes están sujetos a esos efectos pueden ser conducidos con mucha mayor facilidad que los otros"(10) . Ya lo advirtió también Nicolás Maquiavelo en El Príncipe, al posicionarse en el debate acerca de si es mejor ser amado que temido o viceversa: "puesto que resulta difícil combinar ambas cosas, es mucho más seguro ser temido que amado cuando se haya de renunciar a una de las dos" (Maquiavelo, 1990: 88). Estos ejemplos, aunque antiguos, nos ofrecen una buena visión sobre el papel del miedo en el hacer del hombre un ser más débil y, de algún modo, manipulable. Por su parte, la compasión es una forma de obviar responsabilidades y culpas, es decir, "la complacencia disfrazada de compasión es simplemente una modalidad más de la vieja táctica de esconder la propia culpabilidad en una irresponsabilidad general" (Innerarity, 1994: 69).
 
Debemos complementar estas definiciones con una afirmación que ya ha ido apareciendo a lo largo del texto. La visión de la realidad que nos ofrecen los medios de comunicación "está sometida al filtro de una presentación que prefiere frecuentemente la dimensión afectiva y emocional" (Mouchon, 1997: 273). Se trata, pues, de un discurso metafórico y simbólico que apela más a las emociones que a la cognición, mediante estrategias comunicativas sutilmente planificadas y sutilmente emitidas (11). Es importante detenernos unos instantes en el concepto de sutilidad. No está socialmente aceptado el discriminar al otro; dicho de otra manera, el racismo explícito no goza actualmente de legitimidad. Esta constatación, que afecta también a la acción de los medios de comunicación, obliga a un análisis más complejo para percibir el racismo latente que se desprende del discurso mediático. En el caso que nos ocupa, entendemos que la movilización de emociones es parte indispensable del conjunto de estrategias comunicativas que el medio utiliza para marcar diferencias entre nosotros y ellos, una barrera hoy muy marcada.

 

 

3.1.Individuos extraños irrumpen en nuestro territorio: el miedo al "otro"
Ya se ha dejado en evidencia la diferencia entre sentir miedo del otro y sentir miedo ante la desgracia del otro -lo que lleva a compadecernos-. En este sentido, este texto se fijará en primer lugar en ver cómo el discurso informativo televisivo moviliza el miedo del otro, hacia el otro, percibido como extraño, invasor y peligroso.
 
Partimos de una cuestión general: pocas veces se da una visión positiva de la inmigración, o se resaltan los valores de la cultura y la religión del que viene. Antes de referirnos concretamente a las estrategias de movilización afectiva, consideraremos algunas hipótesis importantes para entender, en este caso, el porqué de la movilización del miedo del espectador en las noticias televisivas sobre la inmigración.
 
- En los informativos, el inmigrante "por excelencia" es el procedente de fuera de la Unión Europea, que se nos presenta como individuo extraño, perteneciente a una cultura diferente a la nuestra y portador de unos valores y creencias que ponen en peligro, amenazan, la continuidad de nuestra cultura y nuestra identidad.
 
- Los temas principales en los que entra en juego el inmigrante en los informativos son las consecuencias negativas de la inmigración (ilegalidad, paro...), las relaciones raciales (en base a "expertos" ajenos a los propios integrantes de los grupos excluidos), y la delincuencia (drogas, violencia, terrorismo islámico...).
 
- Con respecto a las fuentes, hay que subrayar la importancia concedida a la voz institucional y a las voces que destacan aspectos negativos de los inmigrantes. Contrariamente, la voz de los inmigrantes aparece poco, y cuando aparece, no hace sino movilizar al receptor hacia la compasión. La tarea de selección de citas por parte de la televisión, por lo tanto, refuerza la movilización afectiva que hemos ido apuntando.
 
 

Estas hipótesis, muy generales, podemos relacionarlas con el llamado "Cuadro Ideológico" que propone Teun A. Van Dijk (1999: 332), que consta de cuatro operaciones: expresar información positiva sobre nosotros; expresar información negativa sobre ellos; suprimir información positiva sobre ellos; y suprimir información negativa sobre nosotros.
 
El miedo entra en juego en todo relato informativo que trate alguno de los temas negativos que acabamos de señalar en las hipótesis. Aunque quizás sea el "eterno problema de rechazar al pobre y aceptar al rico" (De Miguel, 1994: 164), podríamos afirmar que los medios reconstruyen los hechos incitando al miedo del telespectador. El inmigrante siempre se nos presenta como alguien extraño, que está aquí en unas condiciones que le obligan a robar y a delinquir para sobrevivir. La gente ve amenazada su integridad física, y más profundamente, su identidad cultural. La gente no acepta a los inmigrantes extracomunitarios, sobre los cuales han recaído una serie de estereotipos y prejuicios que no hacen sino perpetuar la barrera entre nosotros y ellos. El lenguaje televisivo reproduce estos estereotipos y, quizás, es uno de sus máximos configuradores, y para persuadir se ve obligado a utilizar la vía afectiva y emotiva. Es, por lo tanto, un lenguaje intencional: "la imagen expresa por sí sola una intencionalidad y construye realidades y esquemas concienciales" (Reig, 1992: 75).
 
Varios autores que han tratado estos temas han puesto de manifiesto la importancia de tener en cuenta los efectos que puede provocar esta movilización del miedo del espectador. Marc Lits se cuestiona si la acumulación de imágenes de terror acaban por banalizar este mismo miedo, por lo que podemos pensar que el efecto de temor puede acabar convirtiéndose en un elemento que incita a la evasión, más que a la acción (Lits, 1993: 15). Otros dos conceptos inciden en esta idea de banalización del horror: la emoción estéril (Jean Mouchon, 1997) y la hibernación (Ramón Reig, 1995). El primero destaca que "la acumulación de imágenes de horror o su repetición día tras día puede llegar a trivializar lo inaceptable", y define la emoción estéril como aquella "que no desemboca en algún acto concreto" (Mouchon, 1997: 273). Por su parte, Reig (1995: 467) habla de hibernación para referirse a la "atrofia emocional" que, según él, es resultado de la rutina de ver espacios mediáticos con alta carga emotiva y espectacular, algo que comporta, a su vez, una alta dosis de pasividad en el receptor.

 

 

3.2.Compasión hacia el inmigrante: una virtud bajo sospecha (12)
La compasión no es nunca desinteresada, por lo que cuestionamos su cualidad de virtud. Es, a la vez, altruista y egoísta. Altruista porque se dirige espontáneamente hacia la desgracia ajena, sin esperar nada a cambio; egoísta porque alimenta el ego superior del que compadece al otro, su sentimiento de superioridad y de no verse afectado por la desgracia del otro.
 
La televisión posee el enorme poder de la imagen para provocar la compasión del telespectador hacia el otro, en este caso hacia el inmigrante. Llevada a su extremo, la compasión se moviliza con imágenes de catástrofes que, de forma clara, buscan la lágrima del espectador, imágenes en su mayoría de niños, mujeres y ancianos. Las catástrofes naturales y sus dramáticas consecuencias, las guerras, el éxodo masivo de pueblos a causa de la guerra, etc., son algunos ejemplos de acontecimientos que, al ser reconstruidos por la televisión, buscan el sentimiento de compasión del receptor. En todos estos casos, la televisión construye un discurso lleno de dramatismo, que busca la caridad, la piedad del telespectador, que, egoístamente y en algunos casos, puede llegar a sentir "dulzura" al verse ajeno a tal situación. Estos serían casos extremos, que normalmente se refieren a situaciones vividas en otros países. Pero, ¿qué sucede cuando el otro es nuestro vecino, vive con nosotros? Los discursos sobre los inmigrantes, en efecto, pueden suscitar miedo, pero a la vez pueden incitar a la compasión. Veamos cómo. La televisión pretende construir noticias sin ánimo de involucrarse en lo sucedido, por lo que en innumerables ocasiones intenta -no siempre lo consigue- ofrecer las dos caras del suceso (sea en una misma pieza informativa o sea dentro del discurso informativo global de una cadena determinada). En el caso que nos ocupa, cuando se nos habla de los inmigrantes se nos muestran sus pésimas condiciones de vida, se les da la palabra sólo cuando hablan de su marginación. ¿Qué consigue la televisión con esto? Sería deseable que se consiguiera movilizar a la audiencia hacia una toma de conciencia del problema, pero desgraciadamente se consigue normalmente lo contrario: que el espectador se distancie del problema y lo vea como algo que a él no le afecta, como una desgracia que ha recaído sobre los "pobres" inmigrantes. Aquí vemos cómo la compasión del receptor puede ir acompañada de una cierta felicidad por verse libre de ciertos males.
 
En este sentido, me parece pertinente señalar algunas hipótesis sobre las características del discurso televisivo que ponen de manifiesto esta movilización de la compasión del espectador.
 
- Los inmigrantes se nos muestran como pertenecientes a grupos poco organizados, sin poder ni influencia política, con problemas de integración y adaptación a nuestra sociedad, como gente insatisfecha que "nos necesita".
 
- Se recurre usualmente a fuentes oficiales que se autorepresentan positivamente. Esta idea se resume en frases como "las autoridades velan por el bienestar de los inmigrantes". Ante un discurso así, el espectador puede sentir la necesidad de compadecerse de la desgracia del inmigrante, y a la vez, puede sentirse libre de responsabilidades ante el problema, dado que las autoridades ya se encargan de solucionarlo (13).
 
 
El discurso televisivo puede conducir a que el espectador reafirme su suerte, su distancia respecto al mal ajeno (14). La barrera se acrecienta, por lo que se puede decir que "los medios de comunicación pueden funcionar como refuerzo del statu quo y del control social" (Imbert, 1992: 51). Y de hecho, funcionan como tales, ya que no hacen sino perpetuar la estructura social establecida. El poder simbólico ejercido por los medios es de enorme envergadura, y viene dado en gran medida, como ya se ha dicho a lo largo del artículo, por el uso de determinados estereotipos y por la legitimación de ciertos prejuicios que hemos ido interiorizando a lo largo de nuestra socialización. Recordemos que los estereotipos, entre otras funciones, "afirman el propio grupo, diferenciándolo de los demás, a los que generalmente se les descalifica, en un afán de cohesión y protección colectivas" (Buceta, 1992: 128). Los prejuicios, por su parte, son la base de muchos conflictos sociales, entre los cuales, en la actualidad, destaca el desencadenado por la inmigración.
 
La actitud compasiva provocada por los medios de comunicación se relaciona con el concepto de tolerancia, que según mi opinión define una actitud que también deberíamos considerar como sospechosa. Me sirvo de un testimonio oral para reafirmar mi posición: "Está muy de moda esto de la tolerancia. Pero a mí no me gusta esa palabra, ni a mi marido. No nos gusta porque significa tener que perdonar la vida. El superior tolera al inferior. Ése es el problema. No hay que tolerar. Hay que respetar. Ése es el ideal al que aspiramos. Respeto, respeto. Nada más" (15) . ¿Por qué afirmo que tolerancia y compasión son actitudes relacionadas? Considero que tanto la una como la otra suponen un sentimiento de superioridad del que las ejerce -no sólo de superioridad en cuanto a poder económico, sino de superioridad entendida como sentimiento de ser superior a todos los niveles: moral, cultural, económico, social, etc.-; igualmente, ambas presuponen un cierto sentimiento de dulzura porque quien las ejerce se ve alejado de los males que afectan a los otros.
 

 

3.3.Algunos ejemplos recientes: los sucesos de El Ejido
Las páginas de los periódicos, así como los espacios informativos televisivos, combinan noticias sobre inmigración que incitan al miedo con noticias sobre inmigración que incitan a la compasión. Dentro del primer grupo, encontramos ejemplos que hacen referencia a encuestas en las que se pone de manifiesto el rechazo de los españoles a los inmigrantes y el consenso -¿real?- acerca de la restricción de la inmigración; encontramos también noticias en las que la voz predominante la tienen las "víctimas" de ataques y actos delictivos cometidos por inmigrantes (16). Este último caso es, últimamente, y al menos aparentemente, el más representativo en la actualidad. Con respecto a la compasión, podemos nombrar también algunos ejemplos: noticias sobre mujeres y niños inmigrantes expulsados de España -la compasión es mayor cuando se trata de mujeres y niños-; noticias sobre el estado crítico de inmigrantes en huelga de hambre, y noticias sobre las pésimas condiciones de vida de los inmigrantes. Éstos son sólo algunos ejemplos generales. Me parece interesante, sin embargo, mostrar ejemplos de informativos televisivos concretos, referidos a un tema actual como son los acontecimientos sucedidos en El Ejido (Almería). Para sistematizar mi análisis, he elegido una única pieza informativa: un reportaje del programa "30 Minuts", de Televisió de Catalunya, emitido el 13 de febrero del presente año (17) . El título del reportaje, "El Ejido en flames" ("El Ejido en llamas") ya es un claro ejemplo de incitación a la emotividad del telespectador. La gran mayoría de citas aparecidas en los primeros minutos del reportaje dan la voz a los vecinos españoles de la localidad almeriense, que en todo momento arremeten contra los marroquíes, con frases como : "toda la basura es para nosotros", "los marroquíes roban y violan a mujeres; no estamos tranquilos". A estas declaraciones, ejemplo de una cierta manipulación del discurso oral en el tratamiento informativo del inmigrante, hay que añadir la propia voz en off del reportaje, que constantemente hace referencia a una "caza del moro" y que generalmente muestra en imágenes a grupos de marroquíes exaltados y rencorosos con sus vecinos españoles. Este comienzo del reportaje ya incita a un posicionamiento claro del telespectador, que enseguida se "solidariza" con sus compatriotas y que no duda en creer que realmente el peligro está en los inmigrantes. No obstante, el discurso informativo de este reportaje cambia de pronto: si antes se ponía énfasis en las declaraciones de los vecinos españoles que arremetían contra los marroquíes, ahora se da la palabra al inmigrante. Pero veamos qué efectos produce este cambio. Las imágenes, ahora, recogen los ataques racistas de españoles a marroquíes, el estado en que han quedado las residencias de muchos de éstos después de dichos ataques, la desesperación de los marroquíes al verse constantemente discriminados y atacados verbal y físicamente, etc. ¿Puede el receptor sentir lo que sienten en ese momento estos individuos? Evidentemente, la empatía nunca es total, pero el telespectador puede sentirse ahora más cerca del inmigrante, más solidario hacia su miserable situación. La compasión, claro, se produce desde lejos, y con el añadido de reafirmar la suerte de no verse inmerso en tal desgracia. ¿Qué consigue el medio al movilizar el miedo y la compasión del telespectador en un mismo espacio informativo? ¿No será ésta otra estrategia de la televisión para mostrarse como imparcial y objetiva ante la audiencia? Y lo que es más importante, ¿qué emoción prevalecerá en el cuerpo y la mente del telespectador? Podríamos afirmar que, a menudo, el miedo, la percepción del inmigrante como un ser peligroso y como una amenaza exterior, supera al sentimiento de compasión. Y es más, el miedo permanece a largo plazo, mientras que la compasión, cuando se produce, es una emoción más pasajera, que puede quedar pronto obsoleta. Y es que no debemos olvidar que "la espectacularización a la que los medios someten todo acontecer -o buena parte de él-, está al servicio de la creación de esa 'emotio', de esa alteración afectiva e intensa, de ese estado intenso y relativamente breve" (Del Rey Morató, 1988: 186).

 
 

4.Perpetuación de la barrera entre nosotros y ellos
Concluyo este artículo con una breve reflexión acerca de cómo el discurso informativo televisivo contribuye a perpetuar y mantener firme la barrera entre nosotros y ellos. Evidentemente, el discurso de los medios no hace sino reflejar el consenso -aparente- de la sociedad civil. Y digo aparente porque se trata de un consenso creado por las élites, por las instituciones, e impuesto a la ciudadanía. No debemos olvidar que los medios de comunicación pueden funcionar -y de hecho, funcionan- como refuerzo del statu quo y del control social al transmitir determinados valores y estereotipos sociales. Existe, pues, una cierta identificación entre el discurso institucional y el discurso mediático sobre la inmigración, por lo que puede decirse que los medios de comunicación y las élites comparten una misma base ideológica, un mismo sistema de valores. Este imaginario compartido contribuye a perpetuar el racismo -siempre sutil, latente- y a mantener las distancias entre los ciudadanos autóctonos y los inmigrantes que, ni siquiera, gozan de la etiqueta de ciudadanos.
 
Aunque resulta casi imposible escapar al etnocentrismo, es decir, aunque "cada uno de nosotros, inevitablemente, interpreta los acontecimientos a partir de su propio bagaje cognitivo y emotivo, que habitualmente se ha construido dentro de una cultura determinada" (Rodrigo, 1996: 22), no deberíamos aceptar sin más la realidad informativa que se nos ofrece en los medios de comunicación. La reflexión debe ir cada día a más, y desde las ciencias de la comunicación debemos ser capaces de analizar de forma crítica cuáles son las barreras y obstáculos que impiden una comunicación intercultural eficaz. En este caso, la reflexión ha girado en torno a la comunicación de las emociones en la construcción mediática del inmigrante, pero hay otros muchos temas importantes en el escenario mediático que requieren de la reflexión desde disciplinas muy diversas.
 
Quisiera terminar reproduciendo un fragmento de un texto en el que se pone de manifiesto una de las ideas en torno a las cuales ha girado este artículo. Se trata de un artículo de opinión de Christophe Hein, que ejemplifica la simultaneidad de los sentimientos de compasión y miedo cuando se habla de los otros, de los inmigrantes. Este texto fue leído en una de las mayores concentraciones contra el racismo y la xenofobia que se celebró en Alemania y ha sido publicado en numerosas revistas y medios de comunicación de todo el mundo. Tomemos en cuenta la ironía y el sarcasmo del artículo.
 
 
"...Queremos conservar nuestra propiedad, incluso aunque sea modesta. Por ello debemos defendernos frente a vosotros. Sin saberlo, habéis comenzado a hacernos la guerra. Vuestro mundo ataca, amenaza al nuestro. Si no nos defendemos, nuestro mundo industrializado que nos es tan precioso y al que no queremos renunciar va a hundirse, a sumirse en vuestro tercer mundo. Nosotros tenemos piedad de vuestra pobreza. Las imágenes de vuestros países nos acongojan, nos llenan de estupor, y el espectáculo de vuestra desnudez, de vuestra miseria, nos desgarra el corazón. Incluso frecuentemente hasta evitamos ver los telediarios, las últimas noticias para no cruzarnos con vosotros, cuando al mismo tiempo estamos viendo las ricas estanterías de nuestros almacenes, de nuestros supermercados. Contemplar vuestros harapos y vuestros ojos nos hace demasiado mal. No penséis que somos cínicos, ¡qué va!, en absoluto. Comprendernos, por favor, tenemos piedad de vosotros, pero estamos obligados a defender nuestra sociedad; estamos obligados a cerrar a cal y canto nuestras casas, nuestros apartamentos -que os parecen palacios- para prohibiros la entrada. Pues si nosotros perdemos este combate, esta guerra contra vosotros, nuestras ciudades se convertirán en favelas, barriadas de chabolas y latas. Si nuestro mundo se mezcla con el vuestro se hundirá. Nuestra riqueza desaparecerá sin dejar traza como un cubo de agua en el océano de vuestra miseria (...) Nosotros nos defenderemos. Nos defenderemos por miedo a vuestra pobreza, por miedo a tener que compartirla algún día...".
 
 
En este caso se trata de un discurso irónico. Deberíamos aspirar a que nadie se identificara con lo que se dice en este artículo. El reto es la convivencia. No deberíamos presenciar lo que ya apuntó Mark Twain: "Todas las naciones miran con desprecio a todas las demás naciones"(18) .

 
 

Notas
1. Miquel Rodrigo afirma que "el estudio de la comunicación emotiva debe hacerse desde una perspectiva pluridisciplinaria. Pero no basta con considerar a la psicología, la sociología, la filosofía y la semiótica sino que hay que discriminar a demás las distintas corrientes dentro de cada una de estas disciplinas. Se debe buscar el principio que haga de hilo conductor entre ellas" (Rodrigo, 1992: 40).
 
2. Hay que distinguir entre comunicación intercultural interpersonal -se da en el contacto y la comunicación entre individuos de culturas distintas- y comunicación intercultural mediada -aquí ya entra en juego la acción de los medios de comunicación, que también ponen en contacto a individuos de culturas distintas, pero en la cual la comunicación no es directa, cara a cara, sino mediatizada-.
 
3. Jorge A. González, de la Universidad de Colima, ha repetido en múltiples ocasiones en la clase de Cátedra UNESCO "Redes de información cultural" (Programa de Doctorado en Periodismo y Ciencias de la Comunicación, Universidad Autónoma de Barcelona), que "la comunicación empieza en el cuerpo y al cuerpo regresa".
 
4. Respecto al concepto de identidad, es particularmente interesante la visión que nos ofrece Amin Maalouf en Identitats que maten. El autor dice que la identidad es una, pero que está hecha de todos los elementos que le han dado forma, en una mezcla especial que nunca es la misma para otro (Maalouf, 1999: 10).
 
5. Un aspecto a tener en cuenta es el hasta cuándo se considera a una persona inmigrante. Por otra parte, el uso de "inmigrante", en lugar de migrante, es un uso intencional, ya que es éste el concepto que siempre utilizan los medios de comunicación.
 
6. De hecho, la virtud fue y continúa siendo considerado como una virtud por el cristianismo. Para ahondar en esta cuestión tendríamos que retomar el concepto de "caridad cristiana".
 
7. Citado en Arteta, A., 1996: 18.
 
8. Citado en Aranzadi, J., 1992: 2.
 
9. Sigmund Freud ya había advertido el miedo a los otros, a los distintos, como mecanismo de defensa inconsciente al que denominó "inquietante extranjería" (Freud, 1985).
 
10. Citado en Bodei, R., 1991: 130.
 
11. Quizás la estrategia más visible es el uso de unas determinadas fuentes en detrimento de otras, por lo que se puede decir que la selección de unas voces y no de otras contribuye también a movilizar afectivamente al receptor hacia una u otra emoción. Así se pone de manifiesto en el artículo "El discurso racista de la prensa y la manipulación de los testimonios orales", de Antonio M. Bañón (1998).
 
12. Tomo esta frase del título del libro La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha, de Aurelio Arteta.
 
13. Las autoridades consiguen dos cosas: por una parte, desresponsabilizar a la gente, y por otra, autolegitimarse al mostrarse como capaces de solucionar el problema.
 
14. Evidentemente, y por suerte, esta situación no se da siempre, ya que podríamos afirmar que el discurso también puede conducir a una mayor sensibilización y concienciación.
 
15. Testimonio de Luisa, una mujer casada con un senegalés, recogido en el artículo "Viaje por la emigración", de John Carlin, publicado en El País Semanal del 21 de noviembre de 1999, pág. 69.
 
16. El concepto de "víctimas" puede sugerir, a su vez, una idea contraria. Así pues, también pordríamos hablar de víctimas al referirnos a los inmigrantes. Eduardo Giordano (199 : 168) habla de "víctimas indigenas" para referirse a "aquellas otras víctimas que carecen de significación para los fines de propaganda del sistema y que incluso podrían entorpecerlos si saliesen a la luz pública". Esta idea puede inducirnos a pensar que a las clases dominantes españolas, y dentro de ellas a los medios de comunicación, no siempre les interesa destacar al inmigrante como víctima, sino más como amenaza exterior.
 
17. Sería interesante incluir ejemplos de noticias, pero considero que en el reportaje analizado puede ilustrar cómo se combinan la compasión y el temor al tratar el tema de la inmigración. De hecho, hablar sólo de noticias supondría un uso restringido del concepto de información.
 
18. Twain, M. (1977) Cartas de la Tierra, Galerna, Buenos Aires.
 
 
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* Marta Rizo García es profesora del departamento de Periodisme i Ciències de la Comunicació de la Universitat Autònoma de Barcelona

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2004