LA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN IDEADA POR LA UNIÓN EUROPEA: BUSCANDO EL ZOCO TECNOLÓGICO

Nati Ramajo Hernández*
Natividad.Ramajo@uab.es

La actual Unión Europea es el fruto de múltiples tentativas por llegar a materializar el sueño panaeuropeo que empieza a gestarse tras la Segunda Guerra Mundial. Desde el nacimiento de sus principales organizaciones en la década de los 50, primero con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (European Coal and Steel Community, 1952) y posteriormente con la creación de EURATOM (European Atomic Energy Community, 1957) y la Comunidad Económica (Economic Community, 1957), se pretende dar vida a un nuevo orden europeo, en una primera instancia de tipo económico y años más tarde, político. Esas intenciones ya quedaron reflejadas en uno de los discursos pronunciados por Walter Hallstein, el primer presidente de la Comisión de la Comunidad Europea:

“We are not integrating our economies, we are integrating our policies. We are not just dividing up the furniture, together we are building a new and more spacious house” (Guzzetti, 1995: 6).

El trinomio de la identidad cultural, la integración y la competitividad

Tomando como punto de partida ese ideal de fraternidad y comunión propuesto por Walter Hallstein (latente a lo largo de las décadas y reavivado en los últimos años) son tres los cimientos que, con mayor o menor presencia, soportan esa espaciosa casa tan anhelada: la promoción de la identidad cultural, la integración regional e individual y la competitividad industrial, aunque no necesariamente en este orden. Desde diferentes ámbitos de actuación, se ha buscado la forma de potenciar esa identidad cultural de los pueblos que configuran la familia europea, facilitando la integración de los individuos y las regiones en el marco europeo, a la vez que se postula la necesidad de vertebrar un mercado estructurado y competitivo.

Si empezamos nuestro análisis por el tercero de los elementos, la competitividad de los mercados europeos, nos daremos cuenta de que éste es, sin lugar a dudas, el bien por el que más se ha luchado durante estos cuarenta años. En la segunda mitad de los años 60 Europa vive uno de sus peores momentos desde el punto de vista industrial. Se atraviesa por un grave desfase tecnológico con respecto a Estados Unidos (technological gap) (Guzzetti, 1995: 35). El mercado americano cuenta con altos índices de productividad, se presenta estructurado y a la vez es tremendamente flexible y capaz de adaptarse a nuevas situaciones. Los gobiernos europeos miran con deseo ese modelo americano y buscan la forma de, si no imitarlo, sí poder, al menos,  llegar a un estadio similar, sin olvidar por el camino todas las peculiaridades propias del viejo continente. Poner de acuerdo a un determinado número de países, con características determinadas y con intereses determinados es, sin duda, una tarea ardua. En este contexto, la fórmula que se ideó fue la de promover una política de investigación y desarrollo tecnológico que pudiera paliar ese desfase tecnológico que había entre ambos lados del Atlántico. De hecho, en julio de 1963, la Comisión de la Comunidad Económica lanzó la primera de una serie de recomendaciones a todos los Estados miembros para que se aumentaran los esfuerzos de cooperación en las áreas de la ciencia y la tecnología, la vía que se suponía podía minimizar la gravosa situación de escaso desarrollo técnico europeo.

La siguiente década, los años 70, destapa una nueva forma de crisis económica, en este caso a nivel mundial. En los mercados se observa el progresivo agotamiento y deterioro del modelo fordiano de producción en serie, frente a la aparición de un nuevo sistema de producción mucho más flexible, en el que los bienes se generan pensando en el destinatario, adaptándolo a sus necesidades particulares. Este modelo flexible es el punto de inflexión a partir del cual, según Manuel Castells, se puede entender el paso del industrialismo al informacionalismo (Castells, 1997a: 180-183), es decir, de qué manera las nuevas tecnologías consiguen influir en una nueva concepción de las cadenas de montaje y, posteriormente, en una nueva concepción de la vida de los ciudadanos, en su sentido más genérico.

Pero, además del agotamiento del modelo fordiano, el final de los años 70 y el inicio de los 80 también es el escenario de otro cambio en la forma de proyección del sistema económico, un cambio íntimamente ligado al paso del industrialismo al informacionalismo propuesto por Castells y que es de orden cualitativo, más que cuantitativo. Nos referimos a la generación de una nueva materia prima, o más bien a la creación de un bien inmaterial radicalmente diferente a los bienes materiales que aparecían en los procesos de intercambio comercial del momento: la información.

Estamos ante el nacimiento de la sociedad de la información, profundamente unido al desarrollo de las nuevas tecnologías, que han influido en la cadena de montaje, pero también en nuestro aparato de televisión, en la mayor ductilidad de nuestro entorno informático, en nuestro banco y en la forma en la que ahora nos acercamos a él, en el nuevo carácter que han tomado las comunicaciones con un familiar que vive en el otro lado del globo, en fin, en una serie de aspectos que han intervenido directamente en nuestras vidas, no tan sólo en nuestra economía.

Hasta aquí hemos hecho mención únicamente a uno de los cimientos que podían formar la base de la casa europea, el de la competitividad industrial, pero los otros dos, identidad cultural e integración, también merecen nuestra atención. Es innegable, por mucho que se desee disfrazar tras múltiples ropajes, que el motor del sueño europeo tiene una base económica (ya especificada anteriormente). Se ha de estar a la cabeza de la economía mundial, siendo mucho más fácil conseguirlo desde el conjunto que desde las diferentes partes. Pero, este hecho no quiere decir que se puedan ignorar los ‘sentimientos’ de los individuos que forman ese conjunto.

La cultura, entendiéndola como una mixtura de creencias y códigos de actuación acumulados a lo largo de los años (Castells, 1997a: 360), es parte inseparable de los miembros del nuevo entramado europeo. Un entramado que, como hemos visto, se encamina a la sociedad de la información, donde las nuevas tecnologías han dado lugar a cambios importantes. Continuando con el discurso sobre la cultura de Castells, “el surgimiento de un nuevo sistema de comunicación electrónico, caracterizado por su alcance global, su integración de todos los medios de comunicación y su interactividad potencial, está cambiando nuestra cultura, y lo hará para siempre” (Castells, 1997a: 361). Si partimos de esta afirmación, aunque relativizándola, veremos que la Unión Europea ha aprovechado el desarrollo tecnológico para difundir ‘la cultura europea’, pero a la vez estos mismos avances técnicos han posibilitado la supervivencia de las diferentes culturas que integran esa macrocultura. Es decir, Internet ayuda a la unificación de códigos y creencias, pero también al mantenimiento de las especificidades.

Por lo que respecta a la integración regional e individual, resulta obvio señalar que las nuevas tecnologías acercan a regiones e individuos, alejados geográficamente, al centro político, económico y social del nuevo mapa virtual, potenciando el sentimiento de pertenencia al grupo. La sociedad de la información es, por lo tanto, el armazón en el que la industria, la cultura y las ansias de integración encuentran su espacio.

La aparición de los Programas Marco de I+D

En este punto, es necesario volver nuevamente a las aspiraciones de los políticos europeos por crear un marco competitivo de investigación y desarrollo tecnológico, que se desarrolle paralelamente a la sociedad de la información. Hemos visto de qué manera avanzaba o retrocedía la economía durante la década de los 60 y de los 70, hasta llegar en los 80 a la aparición de un primer brote de ‘mercado informacional’. Y también hemos visto de qué manera cultura e integración eran elementos que podían beneficiarse de la nueva situación. Es en este contexto en el que la hoy denominada Unión Europea, antes Comunidad Económica, lanza una nueva iniciativa, que no es algo totalmente original, sino que es el fruto de experiencias pasadas. Nos estamos refiriendo a los Programas Marco de Investigación y Desarrollo Tecnológico, que empiezan como tales en la década de los 80, pero que previamente ya habían tenido sus incursiones bajo la forma de programas de cinco años (el primero de ellos en 1958), aunque dirigidos esencialmente a la investigación en energía atómica. Con estos Programas Marco se pretende lograr un equilibrio entre las diversas acciones de I+D que se llevaban a cabo en la Comunidad.

Para entender la aparición de los Programas Marco hay que comprender el momento especial en el que nacen. Por un lado, el desarrollo de nuevas tecnologías propicia una nueva dinámica de interacción social y comercial. Estos Programas se vislumbran como una herramienta eficaz de mejora de esas nuevas tecnologías. Por otro lado, EURATOM ha entrado en crisis. Hasta el momento este ámbito (la energía atómica y nuclear), junto con el de la agricultura y las materias primas, eran los principales valedores de la investigación que se realizaba en la Comunidad.

A modo de ejemplo destacado, en el Acta Única Europea de 1986, que modificó los Tratados Constitutivos de las Comunidades Europeas, por primera vez se pone de manifiesto la necesidad de implantar una política eficaz de investigación y desarrollo tecnológico, pero eficaz en todos los ámbitos, no únicamente en el de la energía atómica y en el de la agricultura. Como hemos señalado, hasta la fecha sólo se habían desarrollado investigaciones en el área de la energía nuclear, el acero y la agricultura, con incursiones puntuales en otros aspectos que pudieran incidir en el orden económico (aunque, si recapitulamos, veremos que en la década de los 60 ya se había ensalzado la importancia de las políticas de I+D para superar el desfase tecnológico de Europa con respecto a los Estados Unidos).

Los Estados miembros, conscientes del reto tecnológico que se abría ante ellos, de las posibilidades potenciales de las nuevas tecnologías, decidieron encaminar sus actuaciones en dos líneas. En primer lugar, se estableció una política de I+D global, sistemática y coherente con los nuevos cambios acaecidos. En segundo lugar se promovió la cooperación entre empresas, universidades y centros de investigación. El primer principio se concretó con la aparición del Primer Programa Marco. El segundo, tomó cuerpo en el momento en que la Comisión priorizó todos los proyectos de I+D en los que intervinieran empresas u organismos de varios Estados europeos, para facilitar de esta forma la cooperación internacional y un intercambio fluido de las innovaciones a las que se llegaban en los diferentes sectores.

Pero, ¿de qué forma ha sido tratada la sociedad de la información en estas políticas de I+D?, ¿qué presencia ha tenido en los Programas Marco?

La política de I+D de la Unión Europea: la sociedad de la información como columna vertebral

En la actualidad nos encontramos de lleno en el Quinto Programa Marco (1998-2002) y por el momento los hechos parecen indicar que ya se ha conseguido afianzar la presencia de la sociedad de la información en los diversos órdenes de las relaciones económicas, culturales y sociales de los individuos. De hecho, en los cuatro programas marco precedentes la sociedad de la información siempre ha estado presente de una u otra forma, jugando un papel notable hasta llegar a convertirse en una de las principales impulsoras de las políticas de I+D, en su columna vertebral. Es una suerte de retroalimentación. Por un lado, el impulso conseguido por la sociedad de la información en la Unión Europea no habría sido posible sin la ayuda, principalmente económica, aportada por los programas de investigación y desarrollo tecnológico. Por otro lado, estos Programas Marco han tenido en la sociedad de la información el principal eje sobre el que desarrollar la política de I+D. Es decir, los beneficios ofrecidos por la sociedad de la información (esencialmente el avance en nuevas tecnologías) han revertido en acciones que se alejaban de programas directamente relacionados con las tecnologías de la comunicación y de la información. Por ejemplo, es el caso del transporte por carretera, la medicina o el turismo.

Si analizamos la presencia de acciones vinculadas con la sociedad de la información en los diferentes Programas Marco veremos cómo ésta ha ido evolucionando (a la par que la tecnología), adquiriendo cada vez mayor peso específico.

En el Primer Programa Marco (1984-1987) no se mencionaba directamente el término de sociedad de la información, aún inmaduro, aunque sí se hacía referencia a la importancia de las tecnologías de la información, en concreto el programa ESPRIT (European Strategic Programme for Research and Development in Information Technologies), como elementos imprescindibles que estimularan la competitividad industrial. Esta primera acción, ESPRIT, ha tenido posteriores secuelas (hasta tres, coincidiendo con los diferentes Programas Marco), todas ellas dirigidas al desarrollo de la microelectrónica, la ofimática o de los sistemas de tratamiento de información.

También es reseñable, dentro del Primer Programa Marco, la actuación llevada a cabo por RACE (Research and Development in Advanced Communications Technologies for Europe). Al igual que ESPRIT, RACE ha pasado por diversas fases, analizando en cada una de ellas desde los circuitos integrados hasta las posibilidades de las comunicaciones de banda ancha.

En 1987 se inaugura el Segundo Programa Marco (1987-1991). Las diversas actuaciones emprendidas por el programa se dividen en ocho líneas que concentran los principales esfuerzos en investigación y desarrollo tecnológico del final de la década de los 80. La más importante de estas líneas es la que hace referencia a la sociedad de la información. Es la primera vez que, desde las políticas de I+D de la Unión Europea, se menciona explícitamente este término, el de sociedad de la información. Esta actuación recibe la dotación económica más elevada. En total son 2.275 millones de euros que se reparten de la siguiente manera: el programa Tecnologías de la Información percibe 1.660 millones, el programa sobre telecomunicaciones, 550  y la investigación sobre servicios de nuevo interés común, 125. Paralelamente, siguen produciéndose actuaciones como las de ESPRIT o RACE.

Pero, en 1990, con el Tercer Programa Marco (1990-1994), desaparece nuevamente el término genérico de sociedad de la información de los programas de I+D. El número de líneas de actuación pasa de ocho (Segundo Programa Marco) a tan sólo tres. De estas tres líneas, la más importante es la de las tecnologías de difusión (4.200 millones de euros). En este paquete se engloba tanto a las tecnologías de la información (3.000 millones de euros) y de las comunicaciones como a las tecnologías industriales y de los materiales (1.200 millones). Tanto las tecnologías de la información (microelectrónica, periféricos, soportes lógicos, aplicaciones en la industria) como la de las comunicaciones (redes de banda ancha inteligentes, comunicación vía teléfono móvil, ingeniería de servicios) siguen la estela de los programas antes mencionados ESPRIT y RACE.

Una de las innovaciones del Tercer Programa Marco es la línea que se abre con Telematics, actuación con la que se pretende favorecer la competitividad de la industria europea y estimular la creación de empleo, todo ello mediante el desarrollo de nuevos sistemas y servicios telemáticos en el ámbito del teletrabajo y el teleservicio.

En este contexto, en la transición del Tercer al Cuarto Programa Marco, hay que destacar un estudio dirigido por Martin Bangemann (Bangemann (dir), 1994) titulado “Informe sobre Europa y la Sociedad Global de la Información. Recomendaciones al Consejo de Europa” . En este trabajo, encargado por el Consejo Europeo, se analizaban las medidas que desde la Unión Europea se debían tomar para crear infraestructuras sólidas que ayudaran a conseguir una sociedad de la información centrada en el crecimiento, la competitividad y el empleo. El informe proponía una serie de aplicaciones piloto entre las que destacaban el teletrabajo, la educación a distancia, los servicios telemáticos y autopistas de la información que llegaran a todos los ciudadanos.

Durante el desarrollo del Cuarto Programa Marco (1994-1998), la sociedad de la información ya ha sentado sus bases, hablándose incluso de Europa de la Inteligencia (Commission Européene, 1996: 29), concepto con el que se quiere manifestar la unión plena de las tecnologías de la información, la comunicación y la telemática. Por lo que respecta a la dotación económica, de los 13.100 millones de euros destinados al Cuarto Programa Marco, la Europa de la Inteligencia consigue el 28% del total, unos 3.500 millones.

En este punto merece una mención especial el programa Info 2000. Esta es la primera iniciativa específica de la política de I+D de la Unión Europea en la que se trabaja con los contenidos que han de circular en esa sociedad de la información, no con sus caminos y modos de difusión.

Finalmente, con el Quinto Programa Marco (1998-2002) llegamos a las puertas del año 2000. El cambio de milenio ha de servir de rúbrica, de consolidación de la sociedad de la información. De los cuatro programas específicos que contempla, el de mayor dotación económica (3.925 millones de euros) es nuevamente el de la sociedad de la información. La labor de investigación y desarrollo del Quinto Programa se centra, principalmente, en las recompensas cuantitativas y cualitativas que ofrecen las tecnologías de la información en las relaciones económicas y sociales, que van desde una mayor competitividad en los métodos de trabajo y en la actividad empresarial hasta una mayor calidad y un menor coste de los servicios de interés general y las formas de ocio y entretenimiento de las que disfruta el ciudadano.

El Quinto Programa Marco no hace sino continuar con la línea emprendida en la década de los 80. Busca hacer realidad los beneficios relacionados con la sociedad de la información en Europa, acelerando su eclosión y garantizando con esa nueva sociedad, en primer lugar, la satisfacción de las necesidades de las empresas (pilar de la competitividad) y, en segundo lugar, la de los ciudadanos que conforman la nueva aldea europea (pilares de la identidad cultural y de la integración).


Bibliografía:

·      Actividades de investigación y desarrollo tecnológico de la Unión Europea. Informe anual 1995 (1996). CECA-CE-CEEA. Bruselas, Luxemburgo.

·      Bangemann, Martin (dir) (1994). Informe sobre Europa y la Sociedad Global de la Información. Recomendaciones al Consejo de Europa. CECA-CE-CEEA. Bruselas, Luxemburgo.

·      Brauner, Josef y Bickmann, Roland (1996). La Sociedad Multimedia. Las futuras aplicaciones del audio-vídeo, la informática y las telecomunicaciones. Gedisa. Barcelona.

·      Castells, Manuel (1997a). La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. Vol. 1. Fin de Milenio. Alianza Editorial. Madrid.

·      Castells, Manuel (1997b). La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. Vol. 3. Fin de Milenio. Alianza Editorial. Madrid.

·      Cebrián, José Luis (1998). La red. Santillana , S.A. Taurus. Madrid.

·      Comisión Europea (1987). Vademécum de la promoción de la investigación en la Comunidad Europea. CECA-CE-CEEA. Bruselas, Luxemburgo.

·      Commission Européene (1996). Les programmes communautaires de recherche. Un guide pour les participants. CECA-CE-CEEA. Bruselas, Luxemburgo.

·      Echevarría, Javier (1995). Cosmopolitas Domésticos. Anagrama. Barcelona.

·      Guía de la investigación en las Comunidades Europeas (1985). Ministerio de Educación y Ciencia. Secretaría de Estado de Universidades e Investigación. Madrid.

·      Guzzetti, Luca (1995). A Brief History of European Union Research Policy. European Commision. ECSC-EC-EAEC. Bruselas, Luxemburgo.

·      La investigación después de Maastricht: un balance, una estrategia (1992). Boletín de las Comunidades Europeas. Suplemento 2/92. CECA-CE-CEEA. Bruselas, Luxemburgo.

·      Muñoz Machado, Santiago (1998). Servicio Público y Mercado II. Las telecomunicaciones. Civitas. Madrid.

·      Negroponte, Nicholas (1995). El Mundo Digital. Ediciones B. Barcelona.

·      Nöel, Emile (1988). Las instituciones de la Comunidad Europea. CECA-CE-CEEA. Bruselas, Luxemburgo.

·      Tamames, Ramón (1991). La Comunidad Europea. Alianza Editorial. Madrid.

·      TRAM (1998). The guide to multimedia production in Europe. 1997. INA. París.

(*) Nati Ramajo Hernández es Profesora del Departamento de Comunicación Audiovisual y de Publicidad de la Universidad Autónoma de Barcelona

© Asociación Internacional de Jóvenes Investigadores en Comunicación
2004